toggle menu

Opinión


14 Mayo, 2018.

El poder de la mentira

Dramáticamente señala Juan Luis Cebrián, presidente del diario El País: "La línea que separa la verdad de la mentira se hace con las redes sociales cada vez más líquida, y eso está creando un ecosistema en el que el ciudadano no es capaz de distinguir la realidad de la ficción".

“La falsedad vuela y la verdad viene cojeando tras ella”, decía Jonathan Swift hace tres siglos. Siempre ha existido la mentira como la herramienta más sutil de la persuasión. En la Roma Imperial, Augusto fue precursor de la propaganda mediante una fake new: inventó un testamento falso de Marco Antonio a favor de Cleopatra que se distribuyó con mucha rapidez a través del Imperio, sin que hubiera forma de confrontar su veracidad. Finalmente logró su cometido:  ser designado César.

Hoy esta mala práctica del bulo y la posverdad, concebida como la distorsión deliberada de la realidad, se multiplica exponencialmente a través de las redes sociales. Como dramáticamente señala Juan Luis Cebrián, presidente del diario El País: “La línea que separa la verdad de la mentira se hace con las redes sociales cada vez más líquida, y eso está creando un ecosistema en el que el ciudadano no es capaz de distinguir la realidad de la ficción”.

Hay que asumir y convivir con el hecho de que Internet ha democratizado la información convirtiéndola en una mercadería transable a bajo costo. Las imágenes son más importantes que las palabras y una misma historia puede tener mil fuentes y versiones. Resulta difícil para el periodismo serio e independiente no competir ni verse presionado a escribir tantas historias como sea posible. La tendencia es a producir más y verificar menos. A pesar de todo ello, como diría Gabriel García Márquez, “La mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor”.

Es primordial comprender que el periodismo no ha transformado su esencia, que sigue siendo una valiosa herramienta de control social y que marca la agenda; simplemente ha pasado a operar desde una plataforma distinta. Puede servirse de Internet y de las redes sociales como memoria histórica pero siempre distinguiendo su uso profesional del social, sin caer en sus garras ni convertirse en portadora de la posverdad.

Dicho esto, lamento cuando en el Perú se engaña sobre temas sensibles o de interés nacional.

Hace unos días escribí acerca de la importancia de aprobar la ley de fortificación de arroz con hierro como un valioso mecanismo para combatir el terrible fantasma de la anemia. Hubo muchos comentarios respecto a que se trataba de utilizar la anemia como excusa para vender arroz transgénico y así favorecer a multinacionales extranjeras, y que no era equivalente en propiedades nutritivas al arroz orgánico. Absolutas falsedades que fueron recogidas por la gente como ciertas. Sencillamente se trata de mezclar polvo de arroz y de hierro, para luego extruirlo en granitos en forma de arroz y combinarlo en una proporción de cincuenta a uno. No hay ninguna transformación genética ni interés de favorecer a terceros: se trata de seguir modelos que han sido muy exitosos en países que hoy casi han derrotado a ese flagelo.

Pero no hubo forma de derrotar al infundio. Ya había calado –irracionalmente– en sus detractores. Ojalá algún periodista serio y ético recogiese el tema y lo explicara con mayor credibilidad.


Etiquetas: , , , , , , , , , ,