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Opinión


11 Noviembre, 2018.

El Perú y su nueva realeza gracias a la polarización

El problema es que nuestro exultante príncipe, abrumado por sus tareas políticas y sus arrebatados asesores, olvidó que tiene que crear un entorno propicio para el crecimiento económico del país. ¡Es que en su cabecita son simples detalles!

No si el presidente habrá leído a Nicolás Maquiavelo pero aplica muchos de sus principios a la perfección, entre ellos, el más emblemático: Dividir para reinar. Cinco siglos más tarde Vizcarra resultó un discípulo aprovechado y, como dirían los norteamericanos, “his a natural” (vale decir, tiene todas las condiciones o por lo menos eso es lo que quiere que todos creamos).

Martín Vizcarra y sus corifeos liderados por César Villanueva parecen usar todas las herramientas del enfrentamiento y la perversidad como mecanismos para mantenerse en el poder. Me queda clarísimo que después del referéndum –que nació como un huracán, con un ímpetu imparable y hoy es apenas un chubasco– seguiremos siendo un país polarizado y decepcionado. El propio presidente le ha puesto su ingrediente de desencanto al pedir que se vote contra la reforma sobre la bicameralidad, argumentando que el Congreso habría desnaturalizado el proyecto enviado por el Ejecutivo.

Es un grave problema que los parlamentarios no hayan comprendido que, en este caso, el Congreso era una simple mesa de partes para los proyectos preparados por el Ejecutivo. Luego del abrumador respaldo popular que recibieron sus propuestas de reforma política, a los congresistas les tocaba someterse sin chistar. ¡Qué insolencia!

En nuestro país, la polarización es una técnica de confrontación irrestricta que se alimenta muy fácilmente a través de las redes y de la pobre comprensión lectora de los cibernautas. El príncipe Vizcarra tiene la mejor inspiración en su principito, en el IDL y en gran parte de la prensa: son fuente de sabiduría conspiratoria permanente.

Y hoy los políticos saben que esa confrontación es un arma de seguro éxito electoral, aunque para dividir haya que tener muy mala leche como en los casos de Trump, Bolsonaro, Salvini. Es la tendencia y, mientras resulte, ha venido para quedarse. Todos se han contagiado de la epidemia: odiar es lo que te da un sitio en el mapa político y los príncipes peruanos mejores asesores no han podido tener.

El fujimorismo ha batido todos los récords. Según el marqués Mario Vargas Llosa está camino a la extinción, pero habla en nombre propio y por autosatisfacción. Yo lo dudo; la izquierda no lo va a permitir porque nada les da más placer que aplastar al fujimorismo con o sin la verdad. Aun cuando se conviertan en agonizantes cenizos, ahí estarán.

Asociado a este linchamiento está Pedro Chávarry. Como señala el propio ministro de Justicia en entrevista a Perú21: “Hay que deschavarrizar la política para poder avanzar”. Bueno, el Ejecutivo tiene una inmensa tarea en este tema.

Con todos sus defectos, si hay que reconocerle algo al fiscal de la Nación es su absoluta imperturbabilidad (que conste que no lo digo en calidad de elogio). Lo pueden insultar, calumniar, hacerle un bullying casi infantil  y él apenas sí hace un rictus con los labios. Se dice que tiene valiosa información contra muchos corruptos de cuello y corbata; lo que no entiendo es por qué demora tanto en soltarla, por qué se somete a tanto desgaste… ¿o solo será un bluff? Ojalá lo sepamos pronto.

Mientras tanto, nuestro exultante príncipe –abrumado por sus tareas políticas y sus arrebatados asesores– olvidó que tiene que crear un entorno propicio para el crecimiento económico del país. ¡Es que en su cabecita son simples detalles!


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