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Opinión


13 Junio, 2018.

El Nobel para Trump

Lo único que yo sé es que el mundo está infinitamente mejor y más seguro con una Corea del Norte sin armas nucleares y lo que allí pase entre Kim y su pueblo me importa tanto como lo que pase con los marcianos del planeta rojo.

Me levanto y lo primero que veo es el resumen de noticias de RPP. No me gustan las telelloronas, así que Leiva nunca está en mi radar y en cuanto al N solo sintonizo a mi buen amigo Ghibellini, plural e inteligente y, por lo tanto, lunar exclusivo en el canal regentado por Clara Elvira. La señal abierta no la veo desde hace años; así que sorry a quien corresponda, no es nada personal.

Esta mañana la noticia era sin ninguna duda el acuerdo (de paz) entre la satrapía de Corea del Norte representada por Kim y los Estados Unidos de América liderados por Donald Trump. Luego de más de 60 años en un conflicto sin fin que escaló hasta el “argumento” nuclear por parte de Kim, Trump logró lo que no hizo ninguno: sentar al “gran líder”, frente a frente y sin intermediarios, para desnuclearizar la península. Una apuesta audaz que, a la luz de los hechos, ha tenido un desenlace exitoso. Kim ha accedido a desmontar su aparato nuclear a cambio de las garantías del POTUS (President Of The United States) para que Corea del Norte siga siendo lo que siempre fue: una satrapía.

Esto último, al parecer, no le gustó mucho a la colega Alejandra Puente que en dupla con Carlos Villareal comentaban la noticia en RPP. Mientras que para Villarreal y el sentido común lo acontecido ayer en Singapur era una gran noticia –o sea, un inexcrutable tirano ha abdicado a su poderío nuclear con todo lo que ello significa para el mundo–, para Puente el resultado de la cumbre daba una mala señal porque, según ella, era un espaldarazo a las dictaduras violadoras de derechos humanos que (a cambio de no amenazar a Estados Unidos y a sus aliados) podrían seguir haciendo de las suyas con su pueblo.

Lo dicho por Alejandra Puente revela cómo las simpatías y antipatías personales producen cortocircuitos argumentales impermeables al bochorno. Porque yo recuerdo perfectamente que cuando Obama –Premio Nobel de la Paz 2009 sin haber hecho absolutamente nada– llegó a un acuerdo con Raúl Castro para luego visitar la isla en enero de 2016, Alejandra tenía un humor bien distinto al que maneja hoy con el acuerdo Kim-Trump. En aquella ocasión, desde las ondas de canal 7, nuestra Metternich (Georgia State University, fíjate tú!) ponderaba con correctos comentarios gestuales la grandiosa noticia de Obama rompiendo el hielo con Castro. Claro, ahí no importaba que Castro fuese un sátrapa como Kim, ni tampoco que violara derechos humanos como Kim. Lo que importaba era que Obama era, pues, Obama: el campeón del “género”, la “inclusión” y la “corrección política”. Lo cierto es que Castro consiguió a cambio de NADA “legitimarse” frente a los Estados Unidos ( y por eso ganó Trump en Florida, nada menos), mientras que a sus espaldas Kim se forraba de misiles balísticos y bombas H. He ahí el desastre internacional que dejó Obama.

Puente no es la única que, por supuesto, antepone sus simpatías y antipatías personales a los análisis de la coyuntura. Antes de celebrarse esta histórica cumbre de Singapur, el siempre proper Farid Kahhat le comentaba a Josefina Townsend lo ridículo que era Trump por haber propiciado una cumbre para luego bombardear de tuits a Kim y cancelarla a última hora. Se refería el internacionalista a la presión que Trump ejerció sobre Kim, quien trataba de estafarlo como Castro lo hizo con Obama. ¿Dio o no dio resultado su “ridícula” estrategia? ¿Lo obligó a sentarse vis a vis y sacarle la desnuclearización? ¿Y qué perdió Trump? ¿Acaso alguna vez nosotros hemos conocido una Corea del Norte libertaria y democrática como para que nos rasguemos las vestiduras por eso?

Lo único que yo sé es que el mundo está infinitamente mejor y más seguro con una Corea del Norte sin armas nucleares y lo que allí pase entre Kim y su pueblo me importa tanto como lo que pase con los marcianos del planeta rojo. Después de todo no vivo en Asia como para hacer cuestión de Estado como sí podría hacerla por algún país hermano en Sudamérica. Y le agradezco a Trump, aunque le pese a la nobel idealista Alejandra Puente.


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