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Opinión


7 Abril, 2015.

El hombre de las dos caras

Sentimientos encontrados por la muerte de Luis Delgado Aparicio

Renato Cisneros

| Columnista

El jueves pasado, apenas supe de la muerte de Luis Delgado Aparicio Porta —Saravá— tuve un cruce de sentimientos. Me descolocó la desaparición de un hombre al que me había acostumbrado a oír hablar entendidamente de música afro-latina-caribeña-americana, y al que había visto lidiar con la muerte de su hija en la discoteca Utopía, poniéndose al frente de una cruzada que buscaba sancionar a los verdaderos responsables de aquella tragedia. Eso por no mencionar la intriga o admiración que desde niño me despertaba la manera natural con que Saravá llevaba ese rostro marcado por un defecto congénito, un abultamiento carnoso que le debe haber granjeado una infancia llena de inseguridades.

Sin embargo, no podía olvidar que ese mismo hombre había puesto las manos al fuego por Alberto Fujimori incluso cuando ya se sabía lo que este había hecho —o permitido que se haga— con los derechos humanos de tantísimas personas. Delgado Aparicio empezó su trayectoria política en febrero del 85, cuando se trepó al andamio desde el que Alan García daba un discurso por el Día de la Fraternidad. Luego fue congresista del Fredemo y después, en el 90, se cambió al fujimorismo. Allí se mantuvo hasta el 2000, la década contemporánea más polémica, en la que para muchos el Perú salió adelante y para otros —entre los que me incluyo— más bien se hundió en un marasmo de corrupción y amoralidad nunca antes visto (no en video por lo menos). Saravá bailó al ritmo de la salsa de aquella cleptocracia y eso no debe olvidarse nunca.

Los hombres, se sabe, están hechos de contradicciones, de relieves y honduras. Sin embargo, esa naturaleza paradójica tan común no debería ser impedimento para que diferenciemos a íntegros de canallas. ¿O esa solo debe ser una tarea de la historia? 


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