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Opinión


6 Marzo, 2018.

El gran showman

"Como país no podemos tolerar que la justicia se transforme en un show de televisión", dice PPK y olvida que el mejor promotor de espectáculos de los últimos tiempos ha sido él. ¡Ni Chomin´s en su mejor momento!

En su mensaje a la nación del 28 de julio último PPK pidió disculpas al país, con cierta humildad, por haber subestimado los efectos del Niño Costero y Odebrecht, los cuales según él determinaron los errores de su primer año. Su exceso de confianza le había jugado una mala pasada. Y aunque a pesar de la situación y del soso y poco positivo discurso resultó refrescante y esperanzador escuchar un “mea culpa”, ahí quedó: en palabras. Estos últimos siete meses de gobierno solo han sido el reflejo de su terquedad e irreflexión que tienen totalmente sumergido al país en un estado vegetativo muy angustiante.

Hay dos cosas que le critico profundamente al presidente: (i) que se aferre al cargo cuando ya no tiene ninguna legitimidad para gobernar –la ha destruido a pulso– y en ese sentido no honre su tantas veces declarado respeto por la democracia y las instituciones, al impedir que al margen de las personas prevalezcan los mecanismos establecidos en la Constitución; y (ii) su cinismo, su capacidad para lavarse las manos y escabullirse de todos los escenarios que no juegan en su favor.

Evidencias huelgan.

Recientemente expresó con motivo de las declaraciones de Barata: “Como país no podemos tolerar que la justicia se transforme en un show de televisión…” Valga recordar todo el cargamontón de apariciones públicas que hizo el presidente con motivo de la solicitud de vacancia y su posterior votación: el 13 de diciembre apareció solo; el 14 con algunos ministros y congresistas; el 17 en entrevista con cinco de los periodistas más reconocidos  del medio y, finalmente, el 20 cuando hizo una alocución acompañado de sus dos vicepresidentes, un gélido Martín Vizcarra y una llorosa Mercedes Aráoz.

No tuvo mejor idea que contratar al histriónico Alberto Borea Odría para que asuma su defensa en el Congreso, quien en un hito máximo de huachafería lo llamó un “abuelito bondadoso”. Culminó el show con la gran celebración frente a su casa de Choquehuanca, ya entrada la madrugada del 22 y luego de salvar la vacancia. Encabezó el bailecito en medio de bocinazos y vítores de señoras de San Isidro que exclamaban con una candidez aterradora que se trataba de “un gran triunfo para la democracia” y que “en dos años el país iba a estar regio”. Me corren escalofríos de solo recordarlo.

¿Quién ha sido, entonces, el mejor promotor de los recientes espectáculos en el país? ¡Ni Chomin’s en su mejor momento!

Hace pocos días PPK expresó que tiene la confianza de ser “un Gobierno totalmente limpio. Errores hay, sin duda, pero no son robos ni corrupción, son errores”. Sin embargo, cuando lo cuestionaron específicamente sobre el dicho de Barata y Susana de la Puente, expresó: “No sé nada de eso. Habrá que preguntarle a la embajadora”. ¿Será que para el presidente los embajadores no forman parte del Gobierno?

Y una de sus más recientes declaraciones ha sido, a la letra: “Yo no he dicho que él ha mentido; he dicho que yo no he recibido los US$ 300 mil. Susana de la Puente me dijo que no. A mí nadie me dijo hemos recibido 300 mil, ni le pregunté en ese momento”.  ¿En que quedamos, señor Kuczynski? Otra arregladita a su mentirosa versión inicial?

Susana ha sido designada dentro de la cuota de embajadores políticos que le corresponden al presidente por el nivel de confianza, cercanía y amistad que se guardan recíprocamente desde hace más de treinta años. Ella ha sido el motor de sus campañas tanto en el 2011 como en el 2016 y hoy, el presidente, en lugar de sacar la cara por ella con nombre y apellido, de poner las manos al fuego por su honorabilidad (sabemos que no le teme al fuego) se hace el desentendido. En el caso de Susana, la actitud de PPK es de absoluta ingratitud: una de las formas más puras y emblemático de su egoísmo.

Me queda clarísimo que PPK no sería presidente hoy sin la ayuda de la embajadora De la Puente. Todos sabíamos que era la financista de sus campañas; Mercedes Araoz lo declaró abiertamente en mayo del 2016, a pesar de que hoy Gilbert Violeta pretenda hacernos creer que solo era una amiga y consejera y que no tenía ninguna responsabilidad como tesorera. Posiblemente no supervisaba el día a día del gasto, pero nadie sería capaz de negar que jugó un rol fundamental en la captación de fondos para ambas campañas.

Además, el 28 de febrero pasado PPK dijo al diario Gestión que en el 2011 no contaba con un partido sino con una Alianza conformada por el PPC, APP, Restauración Nacional y el Partido Humanista y que no tuvo ni manejo ni control de la tesorería de dicha Alianza. No obstante, dos días más tarde afirmó: “Vendí una casa, puse mi plata y me descapitalicé para financiar esa campaña”.

¿Es razonable y creíble que un financista de la talla de PPK no haya estado involucrado en el financiamiento de su campaña, cuando la regla número uno para tener éxito electoral es el dinero, dinero y casi solo el dinero? ¿Es decir, subía cerros, comía chicharrones, usaba sombreros de paja ajenos y ofreció renunciar a la nacionalidad estadounidense sin tener la más remota certeza del financiamiento de su proyecto electoral?

Nadie hace política por deporte, señor presidente: deje de tontearnos. Exigimos respeto y veracidad, pero más allá de ello usted sabe que la lista de reclamos podría ser mucho más larga por la cantidad de promesas incumplidas y la miseria en la que podría estar sumiendo al país.


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