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Opinión


16 Febrero, 2018.

El asesino en su laberinto

Si la Cumbre solo se queda en lo declarativo, la persecución y éxodo de la población venezolana continuarán. Y nuestra indolencia ante estos hechos puede terminar siendo recíproca, pues nadie puede asegurar que estemos libres de ver surgir a un Nicolás Maduro en el Perú.

Germán Jiménez Borra

| Columnista invitado

El nombre de Nicolás Maduro se ha convertido en sinónimo del despotismo y de la brutalidad más rancia que rigen hoy en Venezuela y generan las carestías que actualmente sufre el país llanero. Todo producto de la continuación de los catorce años del gobierno de su predecesor Hugo Chávez, quien en base a un discurso encendido y de odios exacerbados logró reducir a su mínima expresión a un Estado que era ejemplo de democracia continua y consolidada en la región.

Es por ello sorprendente y a la vez inadmisible que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) haya publicado solo hace dos días a través de una red social su preocupación sobre el “alarmante deterioro del orden democrático y de los derechos humanos en Venezuela”. De acuerdo con ello, debemos presumir que para la CIDH la democracia venezolana funcionaba sin problemas hasta hace muy poco. Me hace recordar a la denominada “Sociedad de las Naciones”, aquel organismo internacional creado para establecer bases para la paz entre los países al finalizar la Primera Guerra Mundial pero que resultó pusilánime y gelatinoso ante la aparición de Hitler. Le permitió de manera parsimoniosa la invasión de Polonia por parte de los nazis, ocasionando una Guerra Mundial sin precedentes en la historia de la humanidad.

Por lo anterior, ha sido un acierto la declaración de los dieciséis países del Grupo de Lima que reconsidera la participación del asesino del Caribe en la VIII Cumbre de las Américas. Sin embargo, no es suficiente: su inasistencia al evento no afectará las decisiones del sanguinario gobernante en su territorio. Esta cumbre internacional no debe quedar en medidas meramente declarativas sino pasar al nivel operativo. Debe buscarse ejercer una presión real —utilizando los mecanismos que fueran necesarios— para que el dictador sienta el repudio generalizado de quienes creemos en la libertad y los valores democráticos.

Si no actuamos, la persecución y éxodo de la población venezolana continuarán. Y nuestra indolencia ante estos hechos puede terminar siendo recíproca, pues con un sistema democrático agotado por gobiernos intrascendentes nadie puede asegurar que estemos libres de ver surgir a un Maduro en el Perú. Ahora es el momento de combatir al asesino en su laberinto.


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