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Opinión


26 Febrero, 2018.

Doctor Kuczynski, ¿en qué falló con PPK?

Solo Pedro Pablo sabe quiénes lo guiaron por la senda del mal. Hoy, lo trágico para nosotros es que no quiera irse: estamos condenados a un presidente que se ha adueñado del país y que, con su aparente fragilidad y torpes maneras, es capaz de hacer los pactos más nefastos con tal de mantenerse en el poder.

Me pregunto si la renuncia de PPK a la nacionalidad estadounidense mágicamente lo convirtió en un verdadero peruano. Me pregunto también si dar de baja un pasaporte y a los privilegios legales de una de las ciudadanías más cotizadas del mundo cambió los afectos y prioridades de Kuczynski hacia el país. Igualmente, si habrá sentido un llamado de la tierra que lo vio nacer pero a la que no lo une casi nada (salvo su grupo de amigos, sus propiedades en San Isidro y que la usó como fuente de “generosos” ingresos).

Diga lo que diga, manda la primacía de la realidad. El presidente es estadounidense de corazón; sus hijos estudiaron, se casaron y procrearon en los Estados Unidos o en algún otro lugar del extranjero; contrajo matrimonio en dos oportunidades con ciudadanas norteamericanas; gran parte de su patrimonio está ubicado allá o en alguna isla que podemos llamar paradisíaca no solo por sus playas sino por sus beneficios fiscales (donde todavía no llegan los tentáculos de la IRS y menos, evidentemente, de la Sunat). Por ello trato de identificar esa motivación trascendental, invisible a los ojos, que es el incentivo que le permite continuar como presidente de un país tan complejo y desgastante como el Perú.  A diferencia de un peruano cualquiera, no debe ser por procurar un mejor futuro para sus hijos y nietos… y tampoco el Perú parece ser una opción para ellos.

Imagino un abismo entre su padre Máxime Kuczynski, quien llegó al Perú en el año 1936 e inmediatamente se abocó a la lucha contra la lepra y a su prevención, así como a la investigación en parasitología y enfermedades tropicales, teniendo como base el distrito de San Pablo en Loreto. Kuczynski padre era un científico dedicado a mejorar la salud pública del país, en las condiciones más precarias de nuestra selva peruana: un gran ejemplo de amor por el Perú que, aparentemente, no dejo huella en su hijo Pedro Pablo.

Me pregunto en qué fallaría. ¿O simplemente no se equivocó y la transformación de las calidades morales del presidente son una confirmación más del enunciado de Jean Jacques Rousseau, “El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”? Solo PPK sabe de sus tentaciones y de quiénes lo guiaron por la senda del mal.

Hoy, lo trágico es que Kuczynski no quiera irse: estamos condenados a un presidente que se ha adueñado del país y que, con su aparente fragilidad y torpes maneras, es capaz de hacer los pactos más nefastos y participar en todo tipo de contubernios con tal de mantenerse en el poder. Desafortunadamente, operadores le sobran para sellar nuestro cruel e irreversible destino.

 


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