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Opinión


10 Agosto, 2018.

Desatado

El presidente Martín Vizcarra deberá asumir el costo político de pechar a gran parte de la Representación Nacional que había venido tratando al gobierno con guantes de seda y que, por ejemplo, hasta ahora ni siquiera tenía pensado interpelar a la ministra frenteamplista Liliana La Rosa.

Aaron Salomón

| Reportero

El presidente de la República, Martín Vizcarra, logró su cometido: su aprobación –de acuerdo con la reciente encuesta de Pulso Perú– subió vertiginosamente de 39% a 49% en el último mes. No habría por qué sorprenderse si se toma en cuenta que en su mensaje tribunero de Fiestas Patrias Vizcarra metió de contrabando en la urgente reforma del podrido sistema de administración de justicia la reforma política. Vía referéndum, anunció el presidente, la ciudadanía decidirá el destino del país.

Sin embargo, si bien el mandatario goza por el momento del espaldarazo callejero gran parte del Parlamento (incluyendo a algunos miembros de su propia bancada Peruanos por el Kambio) ve con entendibles reparos someter a consulta popular temas que requieren de harto debate y aún más consenso: la prohibición de la reelección inmediata de congresistas, el financiamiento privado de los partidos y campañas políticas, y el retorno a la bicameralidad.

Así pues, el jefe de Estado –esclavo de sus propias palabras– deberá asumir el costo político de pechar a gran parte de la Representación Nacional que trata al gobierno con guantes de seda y que, por ejemplo, ¡ni siquiera tenía pensado interpelar a la ministra de Desarrollo e Inclusión, Liliana La Rosa, por sus deleznables dichos tras la intoxicación de unos 600 niños por consumir desayunos del programa Qali Warma! La frenteamplista La Rosa –que despidió incluso a personal por opinar en contra de su correligionaria María Elena Foronda– hace rato que merece ser expectorada.

El ambiente político está caldeado y la tregua parece haber llegado a su fin. Muestra de ello es que el presidente del Congreso, Daniel Salaverry, fustigó sin ascos el pasado miércoles a Vizcarra por el intento de acudir al Parlamento para entregar los proyectos de reforma política en su ausencia. Lo que pudo haber pasado como una mera anécdota fue calificado de “golpe bajo” por Salaverry, quien –como muchos recordarán– ya había exhibido el rostro desencajado durante el discurso presidencial en el Palacio Legislativo. ¿Se trata acaso del inicio de una nueva pugna –desatada otra vez irresponsablemente por un jefe de Estado– como la que vivimos antes en tiempos del defenestrado Pedro Pablo Kuczynski? Cuchillazos de acá y de allá, mientras la economía no despega.

Este jueves Martín Vizcarra caminó junto a su premier César Villanueva con dirección al Parlamento entre proclamas de “cierren el Congreso”. Y, tras presentar las tres iniciativas de reforma política, dijo creer que “no hay ningún problema para que este referéndum sea en el presente año”. En el mejor de los casos –piensa el presidente– podría darse el 7 de octubre (día de las elecciones municipales y regionales) y en el peor, en diciembre (día de una eventual segunda vuelta). El mandatario pide celeridad sin mirar a una ONPE salpicada de corrupción que ya bastantes problemas internos tiene como para organizar tremenda consulta popular.

¿Y qué es lo que viene? Pues bien, la lógica indica que estos proyectos serán derivados a sendas comisiones congresales y dormirán allí el sueño de los justos. No obstante, fuentes de la Presidencia del Parlamento me comentan que no será tanto así porque, como es de esperarse, nadie quiere quedar mal ante potenciales electores.

Habría (nuevamente) que preguntarle al señor presidente: ¿cómo pretende conformar un prestigioso Senado si se prohíbe la reelección de parlamentarios? Es menester saber su respuesta ahora mismo porque, según la citada encuesta de Pulso Perú, el 78% está en contra de la reelección de congresistas y el 50% opina favorablemente acerca de la conformación de dos cámaras.

Lamentable que el foco se haya perdido de lo que realmente importa: la reforma judicial.


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