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Opinión


13 Enero, 2018.

¡Dejen que el reconciliador sea el presidente!

De los ministros no hay que esperar otra cosa que no sea el correcto desempeño de sus labores.

Invitado

| Columnista invitado

En junio de 1998, en una movida tan audaz como incomprensible, Alberto Fujimori nombró como primer ministro al abogado constitucionalista y abiertamente opositor a su régimen Javier Valle Riestra. A los pocos días, en una entrevista con un entonces muy activo periodista en la televisión César Hildebrandt, Valle Riestra le dijo pomposamente (fiel a su estilo) que iniciaba una gesta histórica para restablecer los valores democráticos del país, evitar la reelección de Fujimori y defender la Constitución de 1979.

Hildebrandt, con la agudeza y rapidez mental que lo caracteriza, le respondió que solo veía a un personaje más asumir un alto cargo burocrático de índole político… nada más. Setenta y ocho días después —con más pena que gloria—el tribuno aprista abandonaba la “epopeya histórica” que había emprendido. El resto del cuento es conocido.

Hoy, cuando nos quieren endilgar el nombre (pomposo también) de “gabinete de la reconciliación”, debemos recordar que los ministros no son los llamados a conciliar o a reconciliar con nadie. Son nombrados para que cumplan sus funciones, que son las de administrar eficientemente la cosa pública y rendir cuenta política de sus actos al Congreso y la ciudadanía. Por eso (más allá de uno que otro nombramiento inconveniente), hay que apoyarlos una vez los nombren y no esperar de ellos otra cosa que no sea el correcto desempeño de sus labores.

La reconciliación le corresponde —en todo caso y en primer lugar— al presidente de la República, quien debe hacerlo con las fuerzas vivas de la nación, con los partidos políticos, con los principales actores de la política nacional; en fin, con la ciudadanía en general.

Lamentablemente nada de eso vemos en estos días. Está meridianamente claro que en un escenario extremadamente polarizado (más bien, abiertamente enfrentado) y con un presidente con 20% de aprobación popular sometido a investigaciones por su pasado, hablar de reconciliación es algo que no tiene el menor sentido. Menos aún lo tiene intentar que los ministros recién acomodados en sus puestos lo hagan. No es su función.

Al presidente Kuczynski, nos guste o no, se le eligió para gobernar. Es el momento de que empiece a hacerlo en serio, de manera responsable y sin etiquetas que pueden convertirse, a la larga, en pesadas cargas o corsés que impidan avanzar hacia esa real y efectiva reconciliación.


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