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Opinión


15 Octubre, 2018.

De dictador a piñata

El antifujimorismo se ha convertido en motor de decisiones políticas (porque no se están tomando ningún otro tipo de decisiones; el país está literalmente parado y expectante) y, por ello, no pasa un día sin que me pregunte: ¿qué tiene que ocurrir para que pasemos la página? ¿El fallecimiento de Alberto Fujimori? ¿O acaso tampoco será suficiente?

La gran pregunta que muchísima gente se hace incluso veintiocho años después es cómo habría sido el destino del Perú si Mario Vargas Llosa hubiera ganado las elecciones en 1990. La especulación es inmensa: la última teoría que escuche es que no hubiera aguantado la presión de gobernar un país pobre, azotado por el terrorismo y la galopante inflación, y que lo hubiera dejado ir (mejor una honrosa renuncia que el trauma de un abismal fracaso).

Al final quizá no habría sido capaz de aplicar una política de shock sino un gradualismo al mejor estilo de Macri, lo cual hubiera sido devastador. Tampoco habría privatizado servicios públicos elementales como la energía y las telecomunicaciones, utilizando la misma demagogia que hoy impide que los sistemas de agua y saneamiento del país estén en manos privadas, con una óptima gestión y un sistema de rendición de cuentas.

La riqueza del mundo de las especulaciones es infinita por lo que nunca lo sabremos. Lo que, sí, jamás he escuchado –ni siquiera de gentes que lo admiran y votaron por él– que la situación del país en el quinquenio 1990 -1995 hubiera estado mejor. Lo complicado de un programa muchas veces no solo es diseñarlo (la teoría aguanta todo) sino implementarlo y capear el temporal de los imprevistos. Fujimori lo logró, por lo menos en su primera etapa.

Salió el hombre sencillo del tractor, cuya astucia propia o contagiada era imposible de imaginar. Empero, como ocurre con la gran mayoría de gobernantes, sucumbió ante el poder y la soberbia. Entró a una burbuja que lo narcotizó y se desconectó de la realidad. Las ansias de mantener el poder lo cegaron y sus halagadores no permitieron que cayera en cuenta que un gobierno de autosatisfacción siempre pierde rumbo y corre peligro de naufragar.

A pesar de sus ariscas formas orientales y pobre discurso, fue muy aplaudido el 5 de abril: se subieron al carro muchos colaboradores que hoy se han convertido en sus enemigos acérrimos. Y me consta porque luego de la disolución del Congreso, mi padre –entonces presidente del Senado– perdió a muchos “amigos” que cruzaban la acera para no tener que saludarlo. Gran ironía: los antifujimoristas eran malas juntas en esa época. Habían caído en desgracia y, en adelante, afrontaron tiempos complicados.

Fujimori, otrora poderoso y adulado, se ha convertido en la piñata de la política peruana. Sin perjuicio de todos sus delitos, errores y falencias, sus enemigos no le reconocen absolutamente nada con un fanatismo y mezquindad que ha resultado en el alimento de la izquierda estos últimos años. Abusando de la controvertida posverdad, han logrado captar a miles de jóvenes que han aprendido a odiar a quien no conocieron.

El antifujimorismo se ha convertido en el motor de las decisiones políticas (porque no se están tomando ningún otro tipo de decisiones; el país está literalmente parado y expectante) y, por ello, no pasa un día sin que me pregunte: ¿qué tiene que ocurrir para que pasemos la página como sociedad? ¿El fallecimiento de Alberto Fujimori? ¿Tampoco será suficiente? ¿Se seguirá satanizando y persiguiendo a su familia hasta que no quede ningún Fujimori en el país?

No tengo respuestas. Todo se ha convertido en una cacería de brujas que, para mí, desborda todo entendimiento.


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