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Cuatro veces NO

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Como las reformas son una coartada, el 9 de diciembre es un plebiscito sobre su gobierno que en seis meses no ha hecho nada. ¿O alguien puede señalarme alguna obra pública que esté en camino? ¿La economía crece o está estancada? ¿Hay algún proyecto para celebrar el bicentenario a dos años de esta fecha?



Hoy es 28 de noviembre y el referéndum es el 9 de diciembre. Estamos a menos de dos semanas de modificar casi un tercio de la Constitución en materias tan importantes como la administración de justicia y el sistema de representación política y nadie sabe cuáles son los cambios por los que va a votar ni, mucho menos, las consecuencias reales que para su vida y el país traerán esos cambios.

Cuando digo “nadie” me refiero a Juan Pueblo, pues en cuanto a la élite interesada en una agenda propia esta sabe perfectamente que el referéndum es puro humo, que no va a solucionar ningún problema ni de justicia ni de organización política y que, por el contrario –según la mayoría de expertos en la materia– las reformas constitucionales propuestas por Martín Vizcarra empeorarán una situación política ya de por sí desastrosa.

El único y gran responsable de poner al país frente a una catástrofe anunciada como la que se avecina es Martín Vizcarra. El señor es un demagogo nato. Nada le costaba, si hubiera sido el estadista que no es, proponer una reforma en serio y no el mamarracho que denunció hasta el último día de su vida Enrique Bernales. Lo advirtió pero nadie le hizo caso. Incluso algunos que hoy lloriquean con hipocresía su muerte se burlaron deslizando miserablemente el hecho de que quizás su enfermedad le hubiera afectado el cerebro.

Lo cierto es que Martín Vizcarra improvisó un adefesio para las tribunas, aprovechó un escándalo de corrupción para enardecer al populacho y sobre eso edificó un referéndum a su medida, avasallando al Congreso y dictándole plazos perentorios. Y llegó al extremo de la estulticia de pretender que las reformas quedaran oleadas y sacramentadas por el voto popular en octubre, con las elecciones municipales. La ONPE y el JNE le dijeron que era imposible. Entonces decidió que tenía que ser en la segunda vuelta del 9 de diciembre y punto.

Amenazó con cerrar el Congreso para salirse con la suya y de nada sirvieron los consejos que de buena voluntad se le dieron para que de una manera ordenada y responsable las reformas se discutieran y se dejaran madurar hasta la legislatura de marzo de 2019 y se votaran ahí. Como a todo demagogo lo único que le interesaba era él –es decir, no perder la oportunidad de un baño de popularidad poniéndose a la cabeza de un referéndum entre los “buenos” y los “malos”, los “virtuosos” y los “corruptos”– siendo las reformas constitucionales un mero pretexto para el acto electoral.

Pues bien, estamos en vísperas de la hora señalada. Tengo la sospecha de que Martín Vizcarra se ha dado cuenta de que no las tiene todas consigo, de que la anticorrupción ya está cansando y de que el humo se está disipando dejando a la vista que en estos seis meses de gobierno –lapso en el que pidió que se evalúe su gestión– no ha hecho absolutamente nada más que hablar y hablar de corrupción. No tiene oposición, pues Keiko Fujimori está presa arbitrariamente por tres años sin acusación fiscal y Alan García con refugio diplomático.

El norte del país sigue hecho un desastre. El crimen avanza mientras los policías son asesinados en las calles y las baleceras son pan de cada día. La violencia contra la mujer sigue viento en popa (aunque magnificada por la prensa bajo razones de agenda ideológica) y la corrupción toca la puerta de los ministerios, como el de Cultura. El sector Salud y los maestros se van a la huelga y el país empieza a despertar de los sueños de opio que le vendió Vizcarra (en complicidad con el cartel mediático) para alzar la voz y pedir cuentas.

Vizcarra ha hecho un llamado desesperado esta semana a todas las autoridades para que tomen partido por el referéndum y movilicen a la población para votar. Sabe que algo no está yendo bien (pese a todas las encuestas de Ipsos) y que en la puerta del horno se le puede quemar el pan.

Como las reformas son una coartada, el 9 de diciembre es un plebiscito sobre su gobierno que en seis meses, repito, no ha hecho absolutamente nada. ¿O alguien puede señalarme alguna obra pública que esté en camino? ¿La economía crece o está estancada? ¿Hay algún proyecto para celebrar el bicentenario a dos años de esta fecha? Si la respuesta es que no hay nada, entonces la respuesta a las cuatro preguntas del referéndum es NO.

Cuatro veces NO, como para que no haya ninguna duda y le quede el ojo bien cuadrado.

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