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Opinión


14 Agosto, 2018.

Con faldas y a lo loco

Los hombres deben estar orgullosos de sus pelotas y usar la testosterona al servicio de la civilización para proteger con toda la fuerza de su naturaleza a las mujeres. Educados en esa premisa terminará la violencia. Todo lo demás es cuento chino.

No tengo nada contra el color rosado lucido por un hombre. Yo mismo tango varias camisas de ese tono en variedad de matices que me parecen muy elegantes cuando están bien combinadas con la corbata y la chaqueta adecuada. Es más, incluso alguna vez me he vestido de traje rojo de pies a cabeza con zapatos incluidos así que a mí nadie me va a decir que tengo algún prejuicio con los colores que emergen rebeldes de esa monotonía provinciana que son los grises, negros y azules que visten los hombres aburridos en Lima. Pero lo que vi hoy en un programa me pareció lo más ridículo y estúpido que he visto en mucho tiempo.

Se presentaron dos psicólogos que llevan a cabo un programa de política de Estado denominado “Hombres por las relaciones igualitarias” y cuyo distintivo es un delantal rosado con un lema alusivo a la “igualdad de género”. La “gran idea” del programa es identificar a los líderes de las comunidades donde hay más propensión al machismo y convencerlos de que este es malo poniéndose el delantal rosado para que sirvan como “ejemplo” y repliquen la buena nueva de que hombres y mujeres son iguales y tienen derecho al mismo trato.

Bueno, ¿se imaginan ustedes a un líder de una barra brava poniéndose el delantal rosado que es en sí mismo un símbolo de feminidad? Sí, en sí mismo. Es decir, no es el rosado el problema sino con qué atuendo se usa. El problema es el típico delantal de la abuelita, que es lo mismo a que un hombre se ponga una peluca platinada como la de Marilyn Monroe o unas pantimedias caladas o unos tacones aguja o un vestido de lentejuelas. Todos estos son símbolos de feminidad y nunca lo serán de hombría, por más que unos psicólogos de medio pelo así lo afirmen o un grupo de feministas lo achaque a patrones culturales propios de “patriarcado”.  Es cierto que en la historia de la humanidad las modas han fluido y los gustos de hoy no son los mismos que los de ayer, pero en el contexto de cada cultura siempre ha existido una diferencia clara entre lo que viste un hombre y lo que viste una mujer, y cuando un hombre termina vestido como mujer en cualquier cultura se ve ridículo y no alienta para nada, créanme, ningún tipo de “igualdad” entre los sexos.

Otras de las falacias que dijeron los psicólogos del delantal rosado de la abuelita es que “la violencia es un mecanismo aprendido en el hombre”. No, señores: la violencia es consecuencia de la agresividad y esta, a su vez, es innata en el hombre por la sencilla razón de que el hombre tiene dos pelotas que segregan testosterona, hormona que lo hace más fuerte, más agresivo y más violento que las mujeres que no las tienen. Así pues, la diferencia entre hombres y mujeres es una cuestión biológica, y no social ni cultural ni de patrones impuestos por el “patriarcado”. Han sido la civilización y el progreso tecnológico los que han protegido a las mujeres de la agresividad de los hombres y le han dado un merecido lugar en actividades consideradas propia de los “machos”.

Por ejemplo, la tecnología ha permitido que la mujer salga del hogar que podía manejar en consonancia con sus capacidades físicas a la recia actividad de la construcción civil como una obrera más, dado que como la inteligencia sí es igual en ambos sexos, cualquiera puede aprender a manejar un tractor o una grúa. Pero sin esa tecnología es imposible que la mujer, dada su condición fisiológica, maneje una comba al igual que un hombre que siempre será más fuerte que ella para manipularla. Aquí es el sentido común el que habla y no las paparruchadas teóricas de los “estudios de género”. Toda la desigualdad entre hombres y mujeres a los largo de la historia de la humanidad tiene como génesis ese principio biológico que determina el patrón cultural de inequidad que ha existido hasta nuestros días.

La civilización y la cultura, por otro lado, han sido los grandes diques que han protegido a la mujer de la agresividad y violencia que segrega la testosterona en el hombre. Por ponerlo de alguna forma, la naturaleza de la violencia y la agresividad innata del hombre ha sido cincelada en algún momento de la historia para que la debilidad física de la mujer no quede a merced de la fuerza física del hombre. El ideal caballeresco de los siglos XVIII y XIX ha sido el cenit de este proceso cultural en que la mujer fue dotada de todas las atenciones, consideraciones y preeminencias “propias de su sexo”. Y recalco “propias de su sexo” porque ese es la trasfondo lógico al hoy obsoleto paradigma de que “a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa”. Precisamente, porque la civilización y la cultura de una época llegaron al consenso de que el físicamente más débil no puede ser abusado por el físicamente más fuerte que la mujer tuvo la mayor protección en la historia de la humanidad, como lo demuestra la literatura femenina en la gran mayoría de los casos.

Pero las feministas se niegan a aceptar que el respeto del hombre hacia la mujer deba darse en el marco de reconocer que biológicamente uno es más fuerte que la otra y en el consenso cultural de que las mujeres y los niños son los primeros que deben ponerse a buen recaudo cuando de una catástrofe se trata, por poner un ejemplo de este paradigma de sociedad civilizada. Y no lo reconocen por un terco prejuicio  de querer borrar la realidad de la biología y la naturaleza por utopías filosóficas que afirman que aquello es una “condescendencia machista”.

Esto parte de la falsa premisa y, por lo tanto, de la falacia de que la desigualdad física implica una inferioridad de la mujer y una superioridad del hombre. ¿Acaso la mujer no es superior al hombre en un millón de aspectos? Por lo pronto, ¿su falta de testosterona y, por lo tanto, de propensión a la violencia, no la hace adalid de la paz contra las guerras que son el mayor flagelo de la humanidad? ¿Y no es acaso la paz el ideal kantiano por excelencia donde florece la cultura, la ciencia y el progreso? ¿Cuándo han visto a una mujer belicosa y pendenciera con escudo y espada sino en los mitos de las Amazonas y en los cómics de la Mujer Maravilla?

Es paradójico que en el marco de querer igualar absolutamente a la mujer y al hombre por decreto, al obligar por cuotas a hacerla participar en la vida civil, empresarial y política, se den los más abyectos atentados físicos contra las mujeres por parte de los hombres. Es paradójico, digo, porque precisamente ello pone a la mujer como una incapaz que necesita de la protección de la que las feministas abominan por condescendiente. Pero claro, aquí la condescendencia se viste con los oropeles del “derecho”, un artilugio de términos que podríamos resumir coloquialmente en “la misma chola con diferente calzón”.

Tampoco es, como repiten las feministas y algunos hombres sin cacumen, que la violencia física de los hombres contra las mujeres que ha estallado hasta los límites del paroxismo en estos últimos tiempos se deba a una reacción porque los machos se sienten amenazados por el “empoderamiento” de las mujeres de hoy (¿acaso cuando la Pompadour, la Du Barry, Catalina la Grande, María Teresa o María Antonieta regían Europa los machos se sentían “amenazados” y asesinaban a las mujeres por impotencia? ¿No fue esta la mejor época para las mujeres en la historia de la humanidad en cuanto trato galante y consideraciones?). No solo no hay ninguna base científica para afirmar eso de la amenaza por el “empoderamiento” –y por lo tanto, no hay manera de demostrarlo– sino que, por el contrario, si esto fuese cierto y si la educación con “igualdad de género” fuese el pivote para transformar la sociedad machista no se producirían en Suecia –paradigma de la igualdad de género en la sociedad– las cifras más altas en el mundo de denuncias por acoso sexual. Si esto se da en un país que lleva decenas de años de educación con enfoque de género, quiere decir que esa ideología ha fracasado rotundamente y no es ninguna solución al problema del abuso físico del hombre contra la mujer.

Tan es así que en nuestra realidad los agentes del programa del delantal rosado de la abuelita llevan poniéndoselo a cuanta autoridad encuentran por el camino desde junio de 2016, sin ningún resultado (la violencia contra la mujer se ha incrementado exponencialmente en ese período), a no ser el de hacer de los hombres monigotes ridículos.

¡Por Dios! Los hombres no deben convertirse en mujeres ni las mujeres convertirse en hombres para acabar con la desigualdad física entre unos y otras y poner fin a la violencia. Los hombres deben estar orgullosos de sus pelotas y usar la testosterona al servicio de la civilización para proteger con toda la fuerza de su naturaleza a las mujeres. Educados en esa premisa terminará la violencia. Todo lo demás es cuento chino.


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