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Opinión


1 Mayo, 2015.

Como un submarino amarillo

Castañeda desciende en los sondeos, no tiene contacto con la superficie y su oxígeno político se está acabando.

Iván García Mayer

| Columnista invitado

Pareciera que la gestión del alcalde de este valle de los reyes y de los pejerreyes es prisionera de una desconcertada fobia cromática. Lo que no ha pintado de amarillo tiene la soga en el cuello: el Corredor Azul, el proyecto Río Verde, los murales —ya pasados por la horca— y la Costa Verde.

La última “hazaña” de esta escalada de edil y amarilla propotencia ha tenido lugar en La Pampilla, reducto de olas para tablistas desde hace décadas y uno de los pocos que ha sobrevivido tras la larga cadena de desaciertos que viene depredando litoral en el circuito de playas.

La administración del Yellowman de Lima no tuvo mejor idea —entre desesperada e improvisada— que empedrar, manu militari, la emblemática playa limeña para evitar que la anunciada crecida de mareas en estos días termine de llevarse al agua el tercer carril que asoma ya como una obra sin mayor sustento técnico.

La foto final del episodio es digna de una antología del abuso: tablistas y bañistas soportaron la carga de un escuadrón policial para desalojarlos, todos sumidos en una refriega campal entre las olas, las rocas amarillas y el tercer carril. La lamentable escena podría funcionar también como una imagen adelantada del final de la gestión de Luis Castañeda: ¡ahogarse en la playa con bandera amarilla!

Tras cuatro meses, el alcalde parece haber optado por un estilo submarinista: solo sabe descender en los sondeos, no tiene contacto con la superficie y únicamente dialoga con quienes lo acompañan a bordo, mientras su provisión de oxígeno político es cada vez más limitada.

Un auténtico submarino amarillo, aunque de este no tengan la culpa los cuatro de Liverpool.


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