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Opinión


10 Mayo, 2015.

Carne barata

Los asesinos del brigadier Vásquez Durand no solo están en Tía María.

Armando Canchanya

| Columnista

En cualquier parte del mundo el asesinato de un policía es un crimen gravísimo, salvo en el Perú donde su vida no vale nada cuando es enviado a solucionar lo que los políticos no son capaces de prevenir (y menos arreglar).

Un policía, entendámoslo de una vez, no está al servicio de las autoridades ni es guachimán de los gobernantes; es, en puridad, una AUTORIDAD a la que el ESTADO —no el gobierno— le da un uniforme, prerrogativas y la misión de proteger a la sociedad.

Aquí, sin embargo, es puesto en el campo sin armas ni medios suficientes para disuadir y  menos proteger su vida. ¿Quién tiene, pues, también culpa de que un policía pueda ser masacrado impunemente por “manifestantes” porque le está prohibido de defenderse adecuadamente? Entre la vida de un policía y el temor a un juicio y al chantaje oenegero, los gobernantes se ponen de costado y optan por salvar el pellejo. Al diablo el policía, sus huérfanos y su viuda: total, nadie organizará ninguna marcha y en el Congreso nadie pedirá su cabeza (ya que defenderlo “no vende”).

¿Nadie se pregunta dónde duermen los policías enviados a Tía María? ¿Recibieron ya sus viáticos? Algunos dicen que se ven obligados a llevar sus armas de ley, contraviniendo órdenes expresas, porque piensan que en el momento en que la turba los ataque no tendrán otro medio de defenderse. ¿Instinto de supervivencia? Al brigadier Alberto Vásquez Durand le reventaron la cabeza a golpes y tenía parte del cerebro expuesto. 

Seguir maltratando así a los policías y a sus familias es amenazar nuestra propia vida. Los asesinos del brigadier Vásquez deben ser sancionados ejemplarmente… pero los responsables no solo se encuentran en Tía María. 


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