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Opinión


13 Febrero, 2018.

Cara y sello de la vacancia

Cómo será la deficiencia comunicacional que lo mejor que comunica el gobierno es la vacancia su presidente.

Tenemos un presidente técnicamente existente, moralmente vacable, matemáticamente posible y políticamente ausente. Lo que proyecta no es la imagen del liderazgo que simbolizó cuando salió elegido: es más bien la sombra de lo que representaba cuando postuló a la presidencia.

Se eligió a un economista de gran trayectoria, a un hombre brillante que muchos países hubiesen deseado tener; pero hoy es casi un alma en pena que transita, con problemas de comunicación, por el poder. Esa es la realidad. Puede no gustar pero es así. Y esto obviamente genera en la población incertidumbre, pesadumbre y frustración.

Su falta de liderazgo ha devenido en una ola de rumores que invaden el día a día, que van de chat en chat, de especulación en especulación, pero que en realidad no son rumores. Son una realidad instalada en el imaginario de la gente. Un llamado a la esperanza a través de historias que reflejan la agónica crónica de una sobrevivencia política y la necesidad de la población de ser rescatada de esa sensación.

Y todo lo anterior ocurre porque se ha instalado una autoprofecía en la ciudadanía. ¿Qué es eso? Una historia (una especie de mito) que hace que todos actúen en función de ella.  De esa forma se genera las condiciones para que la historia se cumpla. Todos empujamos un poquito para que esa historia se haga realidad. Y nadie se da cuenta de que la estamos cumpliendo entre todos.

¿Y qué dice la historia? Que podría haber un salvador, el primer vicepresidente; y que la primera ministra, ávida de poder y con intereses de grupo, complota contra él. ¿Por qué ocurre eso? Porque el tema de la vacancia está presente todos lados: en el desayuno, en el trabajo, en las reuniones, en el micro, en el taxi, en la política, en la rabia, en la prensa y obviamente también en Palacio. Pero esa autoprofecía a cumplirse no llegó de manera gratuita, no cayó del cielo, no apareció de la nada. Se forjó en la falta de manejo político, en la inacción en la reconstrucción del norte, en los contratos de las casas de cartón, en arbitrajes que parecen acuerdos simulados para generar dinero fácil, en la falta de otredad, en el desprecio por la participación política, en la provocación a la oposición, en la falta de coherencia comunicacional, en la insistencia de la adenda de Chinchero, en la búsqueda de poder de una primera ministra, en la falta de resultados, en la torpeza por omisión.

Cómo será la deficiencia comunicacional que lo mejor que comunica el gobierno es la vacancia su presidente.

Y mientras todo esto ocurre, el país espera las declaraciones de Barata para vacar al presidente. ¿Y quién es Barata? Un corruptor, un delincuente profesional, un hombre que pervirtió la escena pública. Ese personaje, perverso y corrupto, hoy marca la agenda de lo que pueda ocurrir.

Pero el imaginario de la gente, convertido ahora en rumores, expresa algo más: la primera ministra tiene que irse porque no suple la falta de liderazgo del presidente, porque representa más de lo mismo, porque congrega intereses de grupo. Porque quiere ser presidenta cuando no le corresponde, porque su gabinete no funciona y no transmite resultados, porque impidió la apertura del gobierno, porque representa un poder que cada día es más endeble, y porque el país quiere otra cosa: una lógica distinta, una mirada y una sensibilidad diferentes.

En ese contexto, mal haría Mercedes Aráoz en sabotear al primer vicepresidente (no fue elegida para eso), y bien en entender la percepción popular. El respeto a la percepción social, a la voluntad popular y a la tranquilidad forman parte de la gobernabilidad. El país requiere de un soporte comunicacional que lo contenga; de lo contrario de la desesperanza y la incertidumbre se podría pasar a la zozobra.


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