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Opinión


29 Junio, 2018.

Candidatos, ¿y si empiezan por reconocer que los problemas de Lima desbordan cualquier gestión local?

No podemos seguir tirando una moneda al aire para decidir a quién elegimos como alcalde de Lima. No es un voto anti ni de cálculo político (como suelen ser las elecciones presidenciales) sino una lotería fallida, una plancha quemada.

No podemos seguir tirando una moneda al aire para decidir a quién elegimos como alcalde de Lima. No es un voto anti ni de cálculo político –como suelen ser las elecciones presidenciales– sino una lotería fallida, una plancha quemada. Escasamente alguno tendrá las soluciones para esta metrópoli invivible, por lo que casi da lo mismo quien gane. Nadie le pone mucha pasión al tema salvo las portátiles y los medios, en especial cuando se trata de denunciar vivezas o ventilar escándalos. La irresistible seducción del rating.

Me preocupa el número desorbitante de candidatos (aunque el récord lo sigue teniendo 1993, con 38 postulantes). Es una absoluta falta de respeto que cualquier advenedizo reclutado por un vientre de alquiler se sienta con título para postular a un cargo tan complejo, y que los partidos políticos con ventaja y alevosía solo busquen capitalizar la recordación y consolidar el eventual posicionamiento, postergando el objetivo principal: salvar Lima. ¿O acaso alguien duda de que nuestra ciudad está en #ModoSobrevivencia?

Las campañas son muy arduas y caras, así que tanto esfuerzo para no pasar del 1% o 2%, da mucho que pensar. Nadie se inmola por la causa ni tiene vocación de kamikaze; por lo menos buscan poner regidores y mantener la “buena llegada”, apoyando gestiones distritales que dependen de la Metropolitana. En fin, de lo que tengo certeza es que generalmente las prioridades de la ciudad pasan a segundo plano: las campañas se sustentan en bailecitos contorneados y algunas propuestas vendedoras que permiten arengas pegajosas y presentaciones multicolor, difundidas furiosamente a través de las redes y afónicamente, a viva voz. El cómo y el cuándo de la ejecución les resulta un tema secundario.

Los limeños somos poco exigentes y los candidatos lo saben. Basta que se haga una que otra obra que no esté cuestionada por corrupción o que se destrabe o concluya algún proyecto abandonado para que cualquier aventurero se convierta en una superestrella. Ese es nuestro vergonzoso y eterno nivel de mediocridad. ¡Por eso Lima La Horrible nunca dejará de serlo!

Tenemos que salir de ese círculo vicioso de incompetencia: a grandes problemas, grandes soluciones. Hay que pensar fuera de la caja. Me gustaría escuchar a un candidato que tenga la valentía de reconocer que los problemas de nuestra ciudad desbordan cualquier gestión local y que de ser elegido contratará al mejor equipo de expertos internacionales, en el que confiará desde el diseño de las soluciones hasta su implementación final sin desviaciones ni arreglos debajo de la mesa. Y claro, convocando a la Contraloría desde el primer día para que supervise cada centavo.

Necesitamos un alcalde sincero, crudo, que reconozca sus limitaciones y no maquille la verdad. Necesitamos un burgomaestre humano y comprometido, no un corrupto narrador de cuentos.


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