toggle menu

Opinión


3 Julio, 2018.

Campo Formio

Si la la guerra es la continuación de la política por otros medios, a la política se aplica exactamente las mismas leyes que las de la guerra pero en paz. Y como las armas de la paz son las leyes, quienes las HACEN (es decir, los LEGISLADORES) tienen la ventaja sobre cualquiera.

Un tratado de paz se lleva a cabo con éxito para una de las partes cuando esta se negocia en una situación de fuerza inmejorable dejando a la otra con la potencia para poner sus condiciones reducidas a la mínima expresión. Solo cuando el conflicto ha llevado a uno de los contendores a contemplar al otro desde la parte más elevada del campo de batalla y, por tanto, con todas las posibilidades de la victoria en sus manos es que el más fuerte puede sentarse a negociar no sin antes haber diezmado a sus enemigos.

Napoleón Bonaparte cambió el mapa de Europa no cuando fue emperador sino cuando general vencedor de las mayores potencias occidentales de su tiempo. Liquidó a Austria, conquistó Italia, y obligó a príncipes y reyes a sentarse y a darles lo que él quería simplemente porque estos señorones no estaban dispuestos a perder solo la corona sino, fundamentalmente, la camisa. Y aquí la camisa es la metáfora del DINERO. No hay corona sin dinero y el general Bonaparte lo sabía muy bien.

En la Paz de Campo Formio, Napoleón puso sus condiciones y consolidó el poder de Francia y el suyo. Poco tiempo después ya nadie le podía hacer sombra y se convirtió en primer cónsul y luego en emperador. A partir de allí su estrella le sonrió hasta que abarcó demasiado y, como sucede siempre en esos casos, cayó.

Un error de cálculo sobre todo en aquellos que no se dejan iluminar por los hechos del pasado y los hombres que vivieron en parecidas circunstancias es sentar en la mesa de negociaciones a un enemigo con las fuerzas intactas. Sucedió en la Gran Guerra cuando los aliados capitaneados por Francia, luego de cuatro años de una carnicería mundial y con una Alemania exhausta pero sin haber perdido la guerra (nunca fueron invadidos ni batalla alguna se realizó en su suelo), le impusieron condiciones draconianas en el Tratado de Versalles.

El resultado fue que Alemania rápidamente se reconstituyó y veinte años después arrasó con Europa. Y como con Napoleón, abarcó mucho y también cayó. Su derrota total pudo construir una paz duradera que llega hasta nuestros días y convertirla en el modélico país que es hoy. Pero para que esto suceda tuvo que rendirse SIN CONDICIONES.

Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, como decía Von Clausewitz, a la política se aplica exactamente las mismas leyes que las de la guerra pero en paz. Y como las armas de la paz son las leyes, quienes las hacen tienen la ventaja sobre cualquiera. Así, de producirse una lucha por la supervivencia política es capital que se tenga en cuenta lo siguiente: el conductor debe ser siempre un guerrero hasta la derrota total del enemigo. Después ya habrá tiempo para los amigables componedores de la paz bajo los términos del vencedor.

A quien tenga oídos que oiga.


Etiquetas: , , , ,