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Opinión


1 Julio, 2018.

¿Camino a la OCDE? ¡Eso ya parece tomadura de pelo!

En el Perú se avanza y retrocede con demasiada facilidad; por eso el trayecto al desarrollo es largo y pedregoso. Sin embargo, quienes lo venden pretenden tener la varita mágica de la abundancia.

“Estar camino a la OCDE” (algo que declaran con demasiado optimismo los funcionarios del gobierno de turno, especialmente los comisionados extraordinarios que frecuentemente visitan tierras galas para “estrechar lazos” con dicha organización) no va a reducir nuestros altísimos porcentajes de anemia o nuestra creciente pobreza monetaria, cuya dolorosa línea se sitúa en s/. 338 mensual por persona.

La frase, entonces, ya parece tomadura de pelo. El trayecto es mucho más largo y pedregoso; sin embargo, quienes lo venden pretenden tener la varita mágica de la abundancia, como si fueran dueños de esas riquezas animales, vegetales y minerales reflejadas en el simbolismo de nuestro Escudo patrio desde hace casi 200 años… las que, desafortunadamente, nunca se materializaron en los hogares de una gran mayoría de peruanos. La poca seriedad de nuestros gobernantes –que prometen lo inalcanzable– es pasmosa. Soy absolutamente escéptica sobre el supuesto desarrollo de nuestro país: solo me queda esperar que no estemos cada día peor.

Revisaba un artículo respecto a la esperanza de recuperación de la pobreza severa en España y su desesperante lentitud, y me dio curiosidad conocer cuáles son los factores indicativos de la penosa situación que afecta a 2.37 millones de españoles (equivalente al 5.1% de la población). Menciono alguna data relevante simplemente para comprobar junto a usted, señor lector, la amplitud de la brecha que nos separa: en hogares compuestos por dos adultos y dos menores de 14 años, el umbral de ingresos es de 17 896 euros anuales (equivalente a S/.7 mil, vale decir, S/.6 mil al mes: más de seis veces el sueldo mínimo en el Perú). La tasa de desempleo asciende a 16% y mucha gente vive del “paro”, que en el peor de los casos les otorga una pensión de 430 euros al mes con la que pueden cubrir necesidades básicas. Quizás con las justas, ¡pero de hambre y frío no mueren!

En este escenario, los factores que miden la pobreza severa en España son:  (i) 34% de la población no puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año; (ii) el 3.8% no tiene a su alcance comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días; (iii) un 8.3% no puede mantener la vivienda con una temperatura adecuada, ya sea aire acondicionado o calefacción; (iv) el 37.% no está capacidad para afrontar gastos imprevistos; (v) el 7.4% ha tenido retrasos en gastos relacionados con la vivienda, ya sea pago de la renta o préstamo hipotecario; y, finalmente, (vi) un 5.1% no  tiene capacidad económica para adquirir un vehículo.

En el Perú hay mucha gente considerada de clase media que tienen las mismas o mayores carencias que los españoles pobres. La distancia que nos separa es inconmensurable, no solo en el aspecto monetario sino en el acceso a oportunidades factor clave para capitalizar riqueza. ¿Alguna vez hemos pensado en cuánta gente brillante en el Perú tiene todas las puertas cerradas y cuánta gente no tan brillante –como Alejandro Toledo– tuvo la leche de que se le abriera una puerta inmensa y terminó tirando su vida por la borda? Prueba de que la equidad y justicia en la tierra son bienes muy escasos.

Según la prestigiosa economista Liliana Rojas Suárez, con un crecimiento de 4% nuestros países necesitarían de 70 años para converger con los ingresos de los países desarrollados. Estos últimos crecen a velocidades exponenciales y son, en mi opinión, inalcanzables.

En el Perú se avanza y retrocede con demasiada facilidad. La economía y la recaudación son muy sensibles al precio de los commodities o al azote de un fenómeno natural de la magnitud del Niño Costero. En términos de imagen y cifras macroeconómicas podremos destacar, pero cuando bajamos al llano –a ese de la pobreza pura y dura que existe en los pequeños pueblos desperdigados en nuestros Andes, olvidados e incomunicados y cuyos mecanismos de subsistencia están congelados en el tiempo– la comparación con la mayoría de países de la OCDE nos deja a años luz de distancia.

Recién cuando asumamos nuestras infinitas diferencias y debilidades y logremos una vocación común como sociedad, podremos trazar el mejor camino para acercarnos. Antes de ello, únicamente seremos ansiedad y quimera.


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