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Opinión


17 Diciembre, 2018.

Calzón sin bobos

Para que ninguna sombra de duda empañe una acusación tan grave como un acoso sexual es recomendable que esta no se haga por capítulos como si fuera una novela. Eso, por supuesto, mella la credibilidad del denunciante y sus denuncias.

Hay que tener mucha prudencia con las denuncias de acoso sexual que se están produciendo estos últimos días en el ámbito de las instituciones del Estado. Y no porque no exista el acoso (sobre todo en ambientes con poder político), sino para que una situación tan lamentable e intolerable no sea utilizada con fines de una agenda personal o política concreta por los denunciantes y los que se suman a estos. Así las cosas, determinar el objeto de las denuncias a través el contexto en las que se hacen es clave para sospechar sobre la legitimidad o no de aquello que se ventila.

Para que ninguna sombra de duda empañe una acusación tan grave como un acoso sexual es recomendable que esta no se haga por capítulos como si fuera una novela. No es admisible para el sentido común que el denunciante, cualquiera sea el sexo de este, vaya recordando de a puchos los supuestos agravios sexuales ante las cámaras de televisión o en conferencias de prensa porque ello produce la percepción de que existe un fin ajeno al del grave hecho denunciado (que de probarse debería ser sancionado) y, más bien, habla de un intento muy probable del denunciante por ganar protagonismo y convertirse en adalid de una causa popular utilizando políticamente las denuncias. Eso, por supuesto, mella la credibilidad del denunciante y sus denuncias.

Tampoco es admisible para la justicia y el sentido común que se tome por cierto sin más el dicho de alguien sobre un asunto tan grave como una denuncia de acoso sexual. El estado de Derecho y nuestra constitución parten del principio de la presunción de inocencia, no de la presunción de culpabilidad y el acoso no es la excepción a esa regla. Veo con asombro cómo ante denuncias de ese tipo las autoridades políticas o los editoriales de cierta prensa se solidarizan con el denunciante y condenan al denunciado sin que ni siquiera se haya producido un amago de debido proceso en el que se ventile la acusación de acoso. De tal manera, la lógica que subyace a estas posiciones totalitarias e inconstitucionales es que no se necesita más que la palabra del denunciante para que el denunciado sea culpable de lo que se le achaca. Me pregunto, entonces: ¿para qué existen los tribunales de justicia o la fiscalía si basta con que alguien diga “este” o “esta” me tocó para que sea culpable?

El sexo no hace a nadie diferente ante la ley en el sentido de la igualdad que debe existir a la hora de su aplicación y cumplimiento de acuerdo a lo que esta estipula. Ser hombre o mujer no le da a ninguno corona como para que su palabra valga más que la del otro (con esa lógica, ¿la afirmación de un “aristócrata” valdría más que la de un “pelafustán”?). Por eso resulta inadmisible que ciertos colegas y políticos se zurren en la presunción de inocencia y, más aún, consideren que las pruebas son innecesarias en este tipo de casos porque son “muy difíciles de conseguir”. Ergo, el denunciado es el que tendría que probar que no es culpable (¿cómo si las pruebas “son muy difíciles de conseguir”?), como en el mundo de las ordalías medievales en el que el brujo era inocente solo si no se quemaba en la hoguera.

Creo que hoy estamos entrando mañosamente a la fase peruana del #MeToo. Y como la Constitución y las leyes obligan a probar las acusaciones de cualquier índole y no se puede sancionar a nadie –porque la palabra de uno vale lo mismo que la del otro si es que no se presentan pruebas de los dichos a favor o en contra que las acrediten–, lo más probable es que los sindicados de acoso terminen redimidos para gran “escándalo” armado del cartel mediático, el presidente Vizcarra, el primer ministro, la ministra de la Mujer, #Ni UnaMenos y los oportunistas políticos a la caza de popularidad para las presidenciales del 2021.

Los susodichos podrán tener calzón con bobos. Yo ya estoy viejo para el calzón, y no soy bobo.


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