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Burocracia rebelde

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La innata tendencia a no querer ser evaluada de la misma manera que lo somos todos en nuestra vida profesional parece estar en el ADN de nuestra empleocracia pública.



La Ley de Servicio Civil promulgada en 2013 para ser la base de la erradicación del caos administrativo reinante en las entidades de casi todo el Estado ha sido repelida últimamente por entidades como el Ministerio Público, el Congreso y, cómo no, el Poder Judicial. La innata tendencia de nuestra empleocracia pública: no querer ser evaluada de la misma manera que lo somos todos en nuestra vida profesional parece estar en su ADN.

Una de las más eficientes burocracias de la historia, la prusiana, nace durante el siglo XVIII cuando Prusia era gobernada por un gran hombre: Federico II El Grande. Es conocido en la historia como uno de los miembros más notables de la dinastía de los Hohenzollern; un autócrata ilustrado que revolucionó para bien el servicio civil prusiano, todo en un país altamente fragmentado y dominado por señores feudales de una aristocracia agraria conservadora y retrógrada.

La burocracia prusiana fue famosa entonces por ser increíblemente eficiente. Solo uno de cada 450 ciudadanos era servidor civil, es decir un 0.2 % de la población (el equivalente a tener en el Perú de hoy a unos 67 mil empleados públicos y no los dos millones que realmente hay). Ese pequeño grupo de burócratas generó tales ingresos al tesoro alemán que permitió armar casi de la nada una de las más eficientes máquinas militares que la historia haya conocido, ampesar de que Prusia en esa época tenía tributos per cápita muy inferiores a los de los austríacos y franceses.

Fue así que un país de tercer mundo terminó teniendo un ejército de primer mundo. Al margen de lo que ello luego ocasionó en la historia, el resultado traducido a eficiencia es elocuente y explica también cómo una feudal y agraria Prusia se convirtió en la potencia industrial y económica que hoy conocemos como Alemania.

La organización del servicio civil prusiano tuvo su origen en la búsqueda de la independencia del poder económico de la época (los hacendados y la aristocracia agraria). Para escapar a su influencia, las decisiones pasaban por un directorio colegiado que a nivel nacional primero filtraba, analizaba y resumía los asuntos para llevárselos al rey —quien finalmente era el que personalmente firmaba todo). A nivel regional y local/municipal existían colegiados similares (llamadas Kriegs und Domänen Kammern y Steuerräte respectivamente) que cumplían la misma función: analizar y resumir colegiadamente asuntos de Estado para la decisión final y firma real. De esta manera casi siempre se tomaban las mejores decisiones de manera independiente y profesional.

Este concepto centralizado de la toma de decisiones quizás ya no podría ser aplicado del mismo modo en la actualidad, pero sí es factible implementar la férrea voluntad y autoridad política que se requiere para todas las mejoras que el país necesita. El gobierno tiene la palabra.

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