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Opinión


19 Septiembre, 2018.

¿Burocracia o complicidad?

Resulta difícil comprender por qué algunas instituciones comprometidas con la democracia y la libertad no actúan con firmeza cuando uno de sus integrantes arrasa con los principios fundamentales que los agrupan. Así ocurre con la Internacional Socialista (IS), entidad de la que es parte el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Luis Gonzales Posada

| Columnista invitado

Resulta difícil comprender por qué algunas instituciones comprometidas con la democracia y la libertad no actúan con firmeza, valor y transparencia cuando uno de sus integrantes arrasa con los principios fundamentales que los agrupan. Así ocurre con la Internacional Socialista (IS) –fundada en Fráncfort, Alemania, en 1951–, entidad de la que es parte el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

El FSLN es un partido liderado por Daniel Ortega, que en su condición de jefe de Estado es sindicado como responsable del asesinato de más de 300 personas, del asalto a templos y golpizas a sacerdotes, de mantener en la cárcel a docenas de opositores, de torturas y gravísimas violaciones a los derechos humanos, como sucedió cuando policías y mercenarios encapuchados a su servicio violaron a dos jóvenes introduciéndoles por el recto el cañón de fusiles AK-47.

Todos esos deplorables e infames actos de vesania han sido denunciados por las Comisiones de Derechos Humanos de la OEA y de las Naciones Unidas, pero la Internacional Socialista, en lugar de proceder a separar de la organización al FSLN –como correspondería hacerlo en correspondencia con los valores y principios que fijan el rumbo de esa organización– practica la política del avestruz y no aplica ninguna sanción al infractor. Ni siquiera se atreven a enviar a una comisión investigadora a Nicaragua para que presente un informe de los hechos a sus asociados. Su secretario general, Luis Ayala, que se mantiene en el cargo desde hace treinta años, tiene amplia experiencia pero no actúa. Así solo demuestra temor, debilidad, cuando no complicidad con un tirano aferrado desesperadamente al poder; y al hacerlo afecta gravemente el ya disminuido prestigio de su institución.

Lo mismo sucede, para citar otro ejemplo, con la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina ( COPPPAL) fundada en 1979 en México, que integran sesenta agrupaciones, entre ellas al FSLN. Ese foro de complicadas siglas protege no solo al dictador nicaragüense sino a los movimientos que forman parte del llamado Socialismo del siglo XXI. Su presidente, el dominicano Manuel Pichardo, no ha titubeado en atacar al secretario general de la OEA por pronunciarse a favor de aplicar la Carta Democrática al gobierno genocida de Nicolás Maduro.

Con la misma fuerza Pichardo ha defendido a Lula y Dilma Rousseff cuando fueron separados del poder. Y, sin ninguna prueba, el año 2012 reveló que en un hotel de la ciudad norteamericana de Atlanta conoció de un plan de los medios de comunicación para desacreditar a quienes él llama líderes progresistas de la región: Hugo Chávez de Venezuela, Lula de Brasil o Cristina Kirchner de Argentina.

Lo cierto es que la Internacional Socialista y la COPPPAL han devenido en organizaciones burocráticas, incapaces de arrostrar las dictaduras y defender principios y valores democráticos cuando estos son afectados, como era y es su obligación hacerlo.

Por lo antes dicho, pienso que ha llegado el momento de que los partidos que la conforman evalúen su permanencia o el retiro de esas entidades. Naturalmente que soy de opinión de que mi partido, el APRA, demande definiciones y un cambio de rumbo a la IS y a la COPPPAL. De no tener respuesta, nuestro deber sería retirarnos de ambas organizaciones.


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