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Borrachitos de poder

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¿Hace cuántas décadas que aquí no se hablaba —con evidencias en la mano y tan abiertamente— de presos políticos, como hoy de Keiko Fujimori?



Pareciera que los poderes y las fuerzas fácticas en el país han perdido su debida moderación, y que nuestra justicia se ha hecho cada vez más cruel y mas arbitraria. ¿Hace cuántas décadas que aquí no se hablaba –con evidencias en la mano y tan abiertamente– de presos políticos, como hoy de Keiko Fujimori?

¿Qué nos está pasando en pleno siglo XXI? ¿Por qué este salvajismo contra Keiko, una madre joven y exitosa mujer en la política, a quien ahora que Alan García decidió un camino distinto, han escogido como segundo plato para el apetito de sus desbocados instintos de agresión?

Las declaraciones de Gustavo Gorriti sobre que “de haber sabido que Alan tomaría la ruta del suicidio, él le hubiera ofrecido una tregua” es una clara ostentación de su poder fáctico y un reconocimiento de que, al fin y al cabo, fue él mismo quien estuvo detrás de los hechos extrajudiciales y las agresiones indebidas al mandatario aprista elegido democráticamente. Al parecer, el IDL está “borrachito de poder “–sí, igualito como Isaac Humala le atribuyó a Nadine en su momento–; y a confesión de parte relevo de pruebas. Ojo, sin embargo: en el extranjero no digieren las súbitas muertes presidenciales con la misma lenidad y sin cuestionamientos a los derechos humanos como en el Perú.

Nuestra justicia respira hoy un aire ciertamente irrespirable, poluto y marcado por el favoritismo e impunidad total para unos y el ensañamiento cruel contra otros. Una justicia no ciega sino tuerta, que se aproxima más al modelo de la Venezuela de Nicolás Maduro o de la Nicaragua de Daniel Ortega (una vez en el poder, qué casualidad, nunca más quisieron irse) que al modelo de justicia, por ejemplo, de España o a la preeminencia épica de la Carta Magna inglesa. Es, por tanto, la nuestra una justicia inmoderada –y bastante irracional diría–; ante ella solo la resistencia de la juventud o el suicidio podrían librar eficientemente a alguien de un inmerecido castigo.

La suerte de Keiko se ha postergado viciosamente una vez más. Y no escucharemos ahora ni una palabra de la Transparencia del embajador Wagner; tampoco ninguna crítica de la prensa. Para ellos, Keiko no es madre y menos una ciudadana con derechos humanos.

A pesar de ello, la suerte de Keiko no está echada: no, para nada. Al final de cuentas, no depende del poder del IDL ni de su VAR impredecible de jueces a destajo –mucho menos de una prensa bullosa en tonterías, pero silenciosa y teñida con los negocios de la corrupción de Odebrecht en lo grande–; porque la verdadera justicia, la que no se puede imponer desde un juzgado, está en la percepción de la gente: en la mente del peruano correcto y en la decencia de unos pocos, que luchan en esta batalla contra la injusticia.

Y ellos saben que nunca le pudieron ganar, por más que trataron con todas las trampas a su alcance.

Foto: Trome

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