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Opinión


8 Abril, 2018.

Bitácora de marzo

Impulsado por Zavala, PPK llegó al poder despreciando la política, sin ver que la mayoría congresal sí había llegado a hacerla. Fue así que se jugó partido entre la política y la no política, pero en un estadio de política, con un público político, y con árbitros y reflectores de la política. El resultado fue una goleada aplastante.

Todo proceso de idealización termina luego en una desilusión: sea en el amor, la amistad, el trabajo o la política. Y cuando más intensa es la idealización, más fuerte es la caída y, por lo tanto, la decepción. Lo que pasó con PPK es que el Perú lo idealizó. Y lo idealizó desde la carencia y la necesidad de ser atendido en aspectos vitales como el agua y una economía estable.

Se creyó que Kuczynski tenía el conocimiento y una voluntad desprendida. Como eso no fue así vino la desidealización. Y con la desidealización, llegó la frustración y la queja. Resultado: PPK renunció.

Y renunció para no ser vacado. Pero también por una situación intolerable: la compra de votos y socios en el Congreso a cambio de obras públicas y posiblemente de porcentajes de las obras. Fue impresionante ver cómo un ministro mediático (voceado incluso para primer ministro) resultaba ser algo así como el operador de un círculo pervertido, el negociador de un “toma y daca” de poder, el administrador de un saco de reparto, el que hacía las cosas bajo la mesa.

Y el mundo entero vio esas escenas por televisión con lástima y mucha vergüenza. Imágenes que muchos peruanos jamás imaginaron en democracia para descrédito de la moral y de lo público. Mucha vergüenza es lo que genera. Vergüenza y rabia. Rabia y decepción.

Pero PPK renunció también por otras razones. Fue el único presidente que al llegar al gobierno prescindió de su propio partido. Nadie hace eso, pero él lo hizo. Traicionó a sus propios correligionarios para establecer un amiguismo de Estado.

Como habrá sido la cosa que hubo una ministra que en veinte meses ocupó tres carteras y hubo técnicos que rotaban de puesto en puesto. Las mismas caras, las mismas sonrisas, el mismo estilo de gobierno. Impulsado por su ministro Zavala, llegó al poder con una actitud de desprecio hacia la política, sin considerar que en el Congreso había una oposición mayoritaria que había llegado justamente para hacer lo que él parecía despreciar: política.  Fue así que se jugó partido entre la política y la no política, pero en un estadio de política, con un público propio de la política y con árbitros y reflectores de la política. El resultado fue una goleada aplastante.

Kuczynski estuvo hasta en dos oportunidades a punto de ser vacado. Y mientras gobernó nunca esbozó defensas, escudería, operadores políticos y mediáticos, capacidad de análisis, apertura al cambio, estrategia y una unidad de inteligencia y desarrollo. Gobernar así fue una irresponsabilidad en desmedro de los peruanos porque le iba a ir mal y con eso se perjudicaba el país. La confrontación fue, ademá, la característica inicial de sus voceros en el Congreso. Declaraban lo que se les ocurría y de forma absolutamente improvisada, sin coordinación comunicativa entre ellos, y por lo mismo provocaron y aceleraron una confrontación con Fuerza Popular que obviamente respondió al pecheo con votos y la voluntad de la mayoría.

A esto hay que añadir la sensación de lobbismo y de favoritismo en algunos contratos. Fue patética la compra de las llamadas casas de cartón, adquiridas entre gallos y medianoche, justo en los feriados de julio. Y a esa sensación se sumaron la lentitud, una percepción de inercia y los ocultamientos del presidente.

PPK tuvo la posibilidad de enmendar esa posición. Pero no lo hizo. Apostó por un inexperto Zavala (el gran artífice de su fracaso) y por una Meche que, más allá de sus buenas intenciones, proyectaba un matiz de superficialidad y hasta de capricho en sus declaraciones. Por momentos llegó a ser elocuente su malestar cuando se le preguntaba por Vizcarra, al punto que llegó a denotar fastidio al responder sobre el entonces vicepresidente. Incluso hubo una anécdota en la que, tras hablar de Vizcarra, se fue fastidiada y sin despedirse.

Y en el verano más de un funcionario de alto rango fue visto en discotecas mientras el presidente agonizaba en su crisis de gobernabilidad. No es que no puedan bailar o divertirse. Todos podemos hacerlo. Pero en política la forma es fondo, y eso no contribuyó a que la gente fuera condescendiente con los esfuerzos del gobierno.

Todo esto confluyó en el mes de febrero cuando se produjo la vacancia presidencial: vacancia bajo la forma de renuncia. Y en ese espectáculo pocas veces visto, el ahora expresidente fue maltratado y hasta humillado. El intento de adjetivarlo como traidor a la patria en la carta de aceptación de su renuncia habla de la falta de criterio de algunos congresistas. No faltaron excandidatos presidenciales que pidieron adelanto de elecciones. Para colmo, las casas del expresidente fueron allanadas.

Ha sido un mes de dolor, de zozobra, de asombro, de manipulaciones y psicopatías. Muchos sienten lástima por el expresidente. Nadie imaginó ese final cuando salió elegido. Su respetable esposa se encuentra ahora en el extranjero y quizás no vuelva. El expresidente está literalmente solo.

Y ahora, después de la caída de PPK, vendrá la fase de duelo y elaboración. También las investigaciones y los juicios. Gana –eso sí– la democracia, porque fue cabalmente respetada. Pero es un triunfo pírrico porque esta no es la democracia que deseábamos para nuestro país, que terminó tratado como un botín. Nos dieron, en nuestra desesperanza: casas de cartón, contratos leoninos propios de un club de amigos y escuelas sin servicios adecuados.

A pesar de todo lo anterior, el país mantiene la fe y lo sostiene el sentimiento de patria. Seguiremos comentando los sucesos políticos, bitácora a bitácora, pero ahora con un nuevo gobierno.


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