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Opinión


13 Julio, 2018.

Bitácora de junio

Corrupción: como las tortugas marinas (que al salir de sus huevos inician una desesperada carrera para alcanzar el mar y así lograr la sobrevivencia) parece haber gente que nace en el Perú programada para correr desesperadamente detrás del dinero.

Como las tortugas marinas (que al salir de sus huevos inician una desesperada carrera para alcanzar el mar y así lograr la sobrevivencia) parece haber gente que nace en el Perú programada para correr desesperadamente detrás del dinero. No importa si en el camino esa búsqueda implica formas de transgresión, manipulación de personas, compra de cargos públicos o actos de corrupción.

La gente está preocupada por una jubilación que tal vez no tenga, por un seguro médico que perderá si deja el trabajo, por no cambiar a sus hijos de colegio o, más angustiante, por encontrar un trabajo. Y como en muchos casos esa angustia estuvo casi desde que nacieron sin haber sido contenida, se generan luego escenarios laborales insanos, y sobre todo, robo, coimas, y/o compraventa de favores, es decir actos delictivos.

El resultado es una corrupción generalizada, que es estructural porque regula de facto la dinámica de la sociedad y porque para algunos todo gira en torno a un dinero ilícito. Se trata, pues, de un fenómeno pandémico que afecta a la sociedad peruana y que hace mucho tiempo ha alcanzado a las más altas esferas de poder, a gobiernos regionales, a las propias campañas electorales, al día a día, y lo que es peor, a un Perú cotidiano que se comporta así en el trabajo, en el negocio, en el toma y daca. ¿Podría ser de otra manera si en los últimos años no se ha invertido en valores, salud mental, buen trato y en servicios básicos reinvindicantes?

Y los escándalos de corrupción siguen apareciendo, una y otra vez, de manera casi repetida. ¿Realmente sorprende a alguien los destapes de Odebrecht? ¿Pueden sorprender los recientes audios que involucran a jueces y al Consejo Nacional de la Magistratura? ¿Alguien duda de que, en muchos casos, esto es así y no solo en el CNM sino también en otras esferas del poder?

Junio fue un mes políticamente tranquilo porque seguía siendo un mes de consolidación y acomodo, porque la atención estaba puesta en el Mundial, y por la tregua dada al actual gobierno. Pero ya saltó este escándalo como preámbulo de todo lo que vendrá después de 28 de julio. Cómo será de lesiva esta realidad y cómo estará de arraigada, que uno de los magistrados involucrados ha declarado que “los audios en los que él aparece (en evidencia) no son constitucionalmente válidos y que además no reflejan hechos de relevancia”. Causa asombro e indignación escucharlo, porque además el problema no es jurídico sino moral.

Vizcarra ha reaccionado adecuadamente. Convocó a un Consejo de Estado que ha logrado nuclear la unidad de los poderes del Estado en torno a este tema. Pero eso no basta. Al igual que sus predecesores no está reforzando la lucha contra la corrupción en el plano formativo y desde la lógica de que la corrupción se gesta en la familia y en los primeros años de vida. Mes a mes, bitácora a bitácora, región por región, la corrupción acecha o constituye un peligro tóxico eminente; por eso toca al gobierno generar políticas de prevención.

Da vergüenza la pasividad y, en muchos casos, la complicidad de quienes dejan pasar todo esto, ante el hartazgo de una sociedad que sigue buscando algo diferente.

La corrupción no solo es circundante a Odebrecht o al Consejo Nacional de la Magistratura. Está presente en prácticamente todas las esferas del país. Decirlo así, obviamente, no exculpa o relativiza a los protagonistas de este escándalo al interior del CNM.


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