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Opinión


6 Septiembre, 2018.

Bitácora de agosto

El Ejecutivo y el Legislativo deben entender que el Perú y sus electores quieren acuerdos de gobernabilidad, mutuo apoyo y no un hostigamiento recíproco.

Por momentos el Perú parece ser una autopista de circuito cerrado. Aparentemente se avanza, pero en realidad se gira en torno a lo mismo y de ahí no se puede salir porque no hay cambios ni evolución. Y es así como transcurre la historia: lenta o detenida en el progreso, en el cambio, en el intento, en la política, en la frustración, en la repetición, en el pleito.

Una de esas autopistas de circuito cerrado es la actual dicotomía entre el Ejecutivo y el Congreso. Hay entre esas instituciones una tensión de nunca acabar, algo así como un circo de dos pistas en las que sus protagonistas se miran prestos a tirarse palitroques. Una especie de espectáculo fallido. Nadie que haya analizado la situación política duda de los errores de comunicación del anterior gobierno y, sobre todo, de la soberbia de algunos de sus representantes y voceros parlamentarios que provocaron a un Congreso mayoritariamente de oposición. Pero, a su vez, en el Congreso había una vocación confrontadora y hasta envalentonada, al punto que finalmente pasó lo que pasó… para descrédito (y también alivio) de la política peruana.

Esa dinámica parecía haber cambiado con la llegada de Martín Vizcarra.  Y, de hecho, las aguas se calmaron. Pero ahora el enfrentamiento se reaviva desde los mismos cargos o escenarios. El cruce de palabras entre el presidente y la lideresa de Fuerza Popular representa el final de una luna de miel en guerra fría, de una asociación que se dio en aras de una transición, pero desde intereses, confabulaciones y necesidades diferentes.

La cosa estaba tranquila hasta que Vizcarra pechó al Congreso con lo que en realidad fue una forma de provocación. ¿Qué fue eso? La iniciativa de convocar a un referéndum para prohibir la reelección parlamentaria. Si bien es cierto se trata de un tema a evaluar, nunca quedó claro por qué Vizcarra solicitaba esa consulta popular. ¿Porque se le ocurrió, porque él piensa así, porque aprovechó su cargo de presidente para intentar imponer su concepción democrática electoral? ¿O porque consideró que de esa manera ponía en jaque a un Congreso que esperaba que pasara el tiempo para luego enfrentarlo?

La propuesta del presidente fue algo así como un enroque de ajedrez político: colocó a la ciudadanía de observadora a participante, sabiendo además que el hartazgo por la política jugaría a su favor. Pero nunca quedó claro si la iniciativa de Vizcarra obedecía a un análisis doctrinal, a una reflexión partidaria, a una conclusión propia de la ciencia política o si se trataba de una idea personal. De hecho, si Vizcarra hubiese propuesto eso sin ser presidente nadie lo hubiese escuchado.

La respuesta de Fuerza Popular se ha dado a través de su lideresa y sin tocar directamente el tema. Y la pregunta que surge es para qué intervino. Para eso tiene una mayoría parlamentaria y voceros activos. ¿Era necesario mover el tapete enfrentando al presidente y destapando las reuniones privadas que hubo entre ellos? Es muy obvia la existencia de reuniones privadas, y no solo con Keiko Fujimori sino con otros líderes y personajes de experiencia. Ni modo que un vicepresidente (con minoría en el Congreso) asuma a ciegas y sin tomar en cuenta el pulso de la opinión de los agentes de la sociedad, con una vacancia en desarrollo.

El presidente respondió desde Tacna, y bastante subido de tono. Estamos, entonces, a punto de volver a lo mismo: a una tensión política que lejos de potenciar al país, le hace daño. La gente está cansada; la gente y el país, la economía, porque todo esto desgasta la política y genera descrédito y hartazgo.

Obviamente no faltan los comentarios que vaticinan la sombra de una nueva vacancia o una pugna de grandes dimensiones entre el Ejecutivo y el Congreso en torno a los referéndums. A todo esto, se añaden ahora nuevas acusaciones de tráfico de influencias entre diversos personajes y el Poder Judicial, y otros destapes de corrupción.

Una cosa parece estar clara: el Perú y sus electores quieren acuerdos de gobernabilidad, mutuo apoyo y no un hostigamiento recíproco. Esa es la óptica del trabajador, del joven emprendedor, del ama de casa, del padre de familia, y de la ciudadanía en general. Pase lo que pase, la lucha contra la corrupción deberá continuar; y no en circuito cerrado sino con avances reales y resultados concretos.


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