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Opinión


25 Abril, 2018.

¿Bicameralismo? ¡Más de lo mismo!

Mucho más importante que reinstalar el bicameralismo es lograr que el Congreso sea un espacio de idónea representación de las expectativas ciudadanas en términos de voto y participación.

Ir de visita al Congreso antes era un acontecimiento. Los escolares llenaban las graderías para disfrutar lo que era un espectáculo de debate y de participación democrática. Y muchos recuerdan esa experiencia como una jornada de reconocimiento de las bondades de la democracia.

El hemiciclo reunía antiguamente a personajes de amplia oratoria. Fueron los casos de, por ejemplo, políticos como Cornejo Chávez, Haya de la Torre o Bedoya Reyes en la Constituyente. También de políticos como Alayza Grundy, Osterling y otros tantos que al hablar, además, instruían. Muchos de ellos, por cierto, ejercían la docencia universitaria.

Pero las cosas fueron cambiando y poco a poco el Congreso entró en una especie de caída libre en términos de imagen y expectativa ciudadana. Surgieron los congresistas mataperro, los robacable, los robaluz o los que llegaban buscando una forma de impunidad personal. Algo habían hecho que requerían de una impunidad legal. También los que para acceder  a cargos mentían en sus hojas de vida, falsificaban títulos y certificados de escolaridad.

¿Qué pasó para que ocurriera eso? Aunque son muchas las respuestas, es obvio que una de ellas no está en el Congreso en sí mismo sino en la forma cómo se accede a esos cargos de elección. Todos tienen derecho a postular al Parlamento. Y aunque eso es así en teoría, participar en la práctica en una elección parlamentaria se ha convertido en muchos casos en un asunto de plata y de relaciones personales. Cómo será de evidente el tema que han habido casos en los que los puestos de elección han sido literalmente ofertados de una manera mercantilista: el candidato aporta plata para la campaña y de esa manera compra un puesto de elección popular.

No se sabe además a dónde va el dinero aportado, si es que eso ocurre. El partido no los financia sino al revés: los candidatos financian al partido en época electoral. Y algo parecido ocurre con las campañas electorales. Promocionar una candidatura cuesta dinero, y en materia electoral la publicidad es esencial. Por lo mismo no faltan los que regalan panetones o hasta corridas de toros cuando se acerca una campaña electoral; al final, el resultado en muchos casos es que llegan los que pudieron sostener esa escalada de gastos y no necesariamente los más representativos y/o preparados. No es que eso esté bien o mal (finalmente cada quien es libre de hacer lo que quiere con sus ingresos), sino que eso repercute en la composición del futuro Parlamento.

A esto hay que añadir la falta de rigor de las instituciones públicas en la evaluación de los postulantes. Si un congresista miente en su hoja de vida, esto no debería ser responsabilidad exclusiva de la persona que mintió, sino también de los órganos competentes que no investigaron la documentación aportada. Y también de las agrupaciones que permitieron que eso ocurriera. Es muy importante establecer responsabilidades institucionales y partidarias, y formas de sanción. Mientras eso no ocurra, los partidos seguirán favoreciendo candidaturas por intereses ajenos a las verdaderas motivaciones de un Parlamento.

Obviamente, los congresistas muy preparados existen y por la calidad de su trabajo y nivel de entrega merecen ser reelegidos. Pero no faltan los que han hecho de la labor parlamentaria una posibilidad de ingreso estable y, por lo mismo, buscan la reelección una y otra vez. Si logran acumular veinte años de ejercicio congresal este repercutirá en una jubilación.

De nada servirá volver al bicameralismo si no se modifica todo esto. Una pluralidad de cámaras elevaría el nivel legislativo, neutralizaría iniciativas antojadizas, matizaría el calor del debate y generaría una reflexión más alturada. Todo eso es muy necesario, pero de nada servirían esas posibilidades si algo falla en la selección de los candidatos.

Por eso, mucho más importante que reinstalar el bicameralismo es lograr que el Congreso sea un espacio de idónea representación de las expectativas ciudadanas en términos de voto y participación. De lo contrario, el Senado será más de lo mismo. Y de eso no se trata. Repetiría los mismos problemas que hay en la actualidad y, muy posiblemente, se convertiría en un lugar dorado para el exilio y/o la jubilación política.

Primero hay que elevar el nivel del Congreso: luego ya podremos hablar del número de cámaras legislativas. Al revés la iniciativa nunca funcionará.


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