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Opinión


22 Octubre, 2017.

¡Basta de cinismo!

En un mercado laboral sobrecargado como el periodístico, resulta sencillo aplicar el vil argumento del ‘derecho de piso’ para convencer a un redactor joven de que debe aceptar escribir ad honorem o sin un contrato como manda la ley. Este modelo constituye un abuso de poder y una ilegalidad tan ramplona como la de Las Malvinas.

Paolo Benza

| Columnista

Hace poco fue el Día del Periodista y, como siempre, se habló de todo menos de precariedad laboral. Muy pocos lo entienden, pero las malas condiciones de trabajo son un determinante fundamental para la mala calidad del contenido que luego todos critican. El problema es que no se trata solo de periodistas mal pagados o sobrecargados de tareas, sino de empleados fuera de planilla (y, por ende, sin beneficios ni seguro) e, incluso, sin sueldo.

¿Lo peor? La doble moral. Los medios que denuncian escandalizados los abusos e ilegalidades de los otros los cometen ellos mismos sin ningún tipo de pudor.

Voy a hablar de un caso que resulta paradigmático por su nivel de conchudez. El año pasado estábamos buscando practicante en la revista en la que trabajaba y entrevistamos a una chica que acababa de salir de Caretas. Cuando le preguntamos qué era lo que menos le había gustado de su último trabajo, respondió sin vacilar: “En Caretas no te pagan”. Y es algo que todos los periodistas sabemos: en Caretas tienen practicantes sin sueldo, trabajadores con pagos por debajo del mínimo legal y empleados sin contrato.

Otra ex redactora de Caretas lo confirma: ella estuvo un mes “a prueba” y por ello recibió un “reconocimiento” de s/.300. Luego le ofrecieron pagarle s/.250 por nota publicada sin contrato, pese a que iba a la redacción cuatro días a la semana y en horarios establecidos (como el de cierre, por ejemplo), y a que formaba parte de una estructura de mando definida que le encargaba tareas específicas. Le publicaron solo dos de las varias notas trabajadas antes de que decidiera renunciar. Otro exredactor de la revista cuenta que pese a tener personas a su cargo debía pasar recibo por honorarios. Y los casos sobran.

Tras el incendio del 22 de junio en Las Malvinas, que terminó con dos jóvenes muertos, Caretas publicó un artículo en el que pontificaba: “Se sumaron la mala suerte, la informalidad, la vil explotación de mano de obra y la opacidad de la fiscalización para desatar un drama perfectamente evitable”. Luego se indignaba porque los fallecidos no estaban “en la planilla electrónica” de los negocios de la galería Nicolini y porque su sueldo era de diez soles diarios. O sea, lo mismo que le pagaron a la ex redactora mencionada antes por su mes de prueba (s/. 300). En el colmo de la conchudez, Caretas finalizaba diciendo que “en el país hay grandes bolsones de explotación laboral (…) que atentan contra los derechos fundamentales de las personas”. Claro que se les olvidó mencionar su oficina.

En un mercado laboral sobrecargado como el periodístico, resulta sencillo aplicar el vil argumento del ‘derecho de piso’ para convencer a un redactor joven de que debe aceptar escribir ad honorem o sin un contrato como manda la ley. Y también es muy fácil hacer pasar por ‘freelos’ trabajos que, por sus características, sí deberían ser inscritos en planilla. Este modelo constituye un abuso de poder y una ilegalidad tan ramplona como la de Las Malvinas. No nos olvidemos que muchas veces ejercer el periodismo sin seguro es igual de riesgoso que manipular fluorescentes en un contenedor de la galería Nicolini. Un ejemplo: el asesinato del ex redactor de Caretas Fernando Raymondi mientras investigaba a las mafias de sicarios en Cañete.

Son cosas de las que nadie habla porque, así como “otorongo no come otorongo”, periodista no come periodista. Sin embargo, en una de las últimas ediciones de Caretas, la columnista Patricia Salinas escribe: “¿Tendríamos, por un falso concepto de solidaridad, que avalar a quienes so pretexto de la libertad de prensa realizan actor que lindan con el delito? Definitivamente no”. P

Perfecto: entonces estamos todos de acuerdo en que ya basta. En que ya basta de abusos, pero sobre todo, ¡ya basta de conchudez!


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