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Balance de fin de año: “Si la reina de España muriera, Carlos V quisiera reinar”

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Si algo hay que hacer para que NO se entronice un "jefecito" antidemocrático son olas. Mientras más fuertes, mejor.  A Chávarry le ha tocado ese trago amargo de decir "NO me muevo, NO me voy, señor Vizcarra". Pero tiene que actuar sin temor porque sino, simplemente, le cortarán la cabeza.



Cuando un hombre quiere entronizarse en el poder y de todos los demás solo hay otro que en una posición importante –por las razones que fuere– no agacha la cabeza, dice la historia que esa testa tiene que caer cueste lo que cueste para dejar sentado a todo el mundo que ya no hay oposición posible, que todo está consumado y que al que se le ocurra decir pío correrá la misma suerte que el “último mohicano”.

Para Martín Vizcarra, al que ya no pocas voces apuntan al menos como un caudillo envalentonado y ajeno a las instituciones y contrapesos republicanos de la democracia representativa y de su propio entorno gubernamental oficial (Rospigliosi, Mariátegui, Balbi, Uceda), ese que no se ha caído pese a que Vizcarra le ha dicho mil veces que se vaya –que él no lo quiere ver donde está ni recibirlo y al que le suelta los perros de los medios adictos que controla gracias a la publicidad estatal que generosamente reparte a manos llenas–, ese contra quien alienta a sus subalternos a la sublevación mientras avala su actuar conspirativo, ese que no cae y que se resiste a la voluntad del “jefe” ungido por el plebiscito se llama Pedro Gonzalo Chávarry, fiscal de la Nación.

No voy a hacer un panegírico del señor Chávarry al que no conozco ni con el que nunca he hablado. Dio la casualidad de que estuvo allí en un momento de la historia del Perú en el que, precisamente el señor Vizcarra, todavía sin corona, empezaba su ascenso al poder sin contrapesos, subiéndose a la ola bien conocida (pero efectiva para los tontos que son legión) de la lucha contra la corrupción. Los corruptos (periodistas, activistas, líderes de la sociedad civil, actores, religiosos y un largo etc.) que recomendaron a los presidentes corruptos que lo antecedieron fueron, claro está, los primeros en subirse a esa ola para apoyarlo y seguir medrando a manos llenas en las consultorías gubernamentales, en los avisajes a página completa de revistas y periódicos ilegibles, en sus ONG “anticorrupción” y en llenar a las instituciones con sus “cuadros”. En fin, todos sabemos ya quiénes son y de qué se trata. Todos esos más el el régimen de las mayorías plebicitarias casi han convirtido a Vizcarra en caudillo, a no ser por el detalle de Pedro Gonzalo Chávarry.

En sí es poco lo que se puede decir de Chávarry a no ser las mentiras que desde el primer día le inventaron todos aquellos que estuvieron con Vizcarra en la ola de su ascenso al poder sin límites. Si el señor Chávarry se hubiera ido (como se fue toda la plana mayor del sistema de justicia), nadie le haría ningún problema. Así se lo recuerda sin rubor el editorial de hoy de Perú 21, bastante elocuente y sincero.

Es cierto, el fiscal de la Nación pudo haberse evitado toda la avalancha de mugre que le tiraron encima y hoy pasaría desapercibido como un César San Martín, con audio y todo pidiendo favores nada menos que al jefe de “Los cuellos blancos del puerto”, Walter Ríos (¿lo recuerdan?). Claro, pero Chávarry no se fue y asumió su cargo de fiscal de la Nación como le correspondía, y entonces sus audios (que nada dicen de raro ni de malo con quien entonces había sido su par en la Academia Nacional de la Magistratura) se convirtieron en “los audios de la vergüenza”, como (casi) todo el que alguna vez habló por teléfono con el destituido juez supremo Hinostroza.

Lo cierto es que por alguna razón Chávarry se quedó en lo que supongo, su mente vertical de funcionario público de carrera sin fantasía, dio por sentado que era la culminación de una vida al servicio de una institución a la que tenía derecho (solo un imbécil podría pensar que, para quedarse los dos años que le corresponden en el Ministerio Público como fiscal de la Nación, Chávarry se iba a comprar todo el lío en el que lo han metido a cambio de defender a Keiko Fujimori y Alan García). Y, también supongo, le debe haber llegado a su coronilla de viejo que un par de fiscaletes se haya atrevido a enfrentarlo en público siendo sus subordinados jerárquicos, primero pechándolo con declaraciones altisonantes y luego –avalados por las “oportunas” encuestas, la prensa y el mismo presidente de la República– se hayan atrevido a interrogarlo y, por último, aa denunciarlo penalmente.

Chávarry sigue creyendo en el Derecho y en que la denuncia de Pérez (que no es más que un esbirro avalado explícitamente por el gobierno) se va a caer porque no tiene ni pies ni cabeza. Es cierto: no tiene ni pies ni cabeza en el Derecho y la Ley. Pero sí la tiene en el juego de cortarle a él los pies y la cabeza, porque es el único que queda en pie y el único que, con su presencia “insoportable”, le ha dicho NO al caudillo que no podrá serlo completamente mientras alguien le diga aún que NO. Esa es toda la historia de Chávarry con Vizcarra.

En el camino las fuerzas se han ido alineando como parte del escenario de esta confrontación en la que si Vizcarra está con la inmensa mayoría (que no es mucho decir, porque por una ley de la estadística no hay mucho cacumen en la mayoría), Chávarry cuenta con algunos, no por él sino por lo que hoy representa contra el intento de entronización de un poder sin límites desde el Ejecutivo. La denuncia de Pérez contra Chávarry por “encubrimiento” del Caso Cócteles es obviamente una burda maniobra para que Pérez, Vela y compañía se hagan las víctimas de ser defenestrados el 31 de diciembre (fecha en la que se cumple su encargatura), o para presionar a Chávarry para que no los saque por miedo al qué dirán, es decir, lo que hoy dice Perú21: sería una “venganza”. Más claro no canta el gallo.

Durante días, la prensa servil a Vizcarra machacó que el reemplazo de Vela iba a ser el fiscal Concha y, pese a que Chávarry lo negó desde el primer segundo y dijo que no conocía al fiscal Concha ni que tenía ningún propósito con él, los titulares siguieron y siguieron imparables. Hasta que ayer, oh, casualidad, es detenido nada menos que el fiscal Concha por pertenecer a una banda criminal. ¿Cuál era entonces el mensaje?

En el Parlamento van desapareciendo o yéndose a su casa uno a uno los congresistas de un solo partido, Fuerza Popular. Con la espada de Damócles del Caso Cócteles sobre la cabeza, o bajo acusaciones de toqueteos mañosos aquí o allá, la mayoría de los votos de la bancada más importante se va desvaneciendo para que las fuerzas recompuestas se alineen con un solo propósito, a saber, el de Vizcarra: que se vaya Chávarry. No por nada algunos presionan para que lo primero que se vea sean las acusaciones constitucionales del fiscal de la Nación en esa Comisión del Congreso. ¿Por qué entonces no se empieza por Pablo Sánchez que tiene una pendiente cuando era fiscal de la Nación –mucho antes que las de Chávarry–, o la de los cuatro magistrados del Tribunal Constitucional por prevaricato, que siguen durmiendo el sueño de los justos?

Mientras, Keiko Fujimori sigue cautiva a la espera de que la Sala de Apelaciones decida si le concede la libertad arrebatada por 36 meses por Pérez y Carhuancho. Existe una presión no solo explícita contra su defensa legal (que viola un derecho humano elemental), sino contra la Sala de Apelaciones bajo ataque a sus integrantes. ¿Es Keiko rehén a cambio de Chávarry?

Hoy la situación en las instituciones con poder de decisión es que nadie quiere hacer olas. El perfil bajo, dicen algunos, los protegerá del vendaval. Yo creo todo lo contrario. Si algo hay que hacer para que NO se entronice un “jefecito” antidemocrático son olas. Mientras más fuertes, mejor.  Si la Sala de Apelaciones está convencida de que Keiko debe estar en libertad (como parece), que la libere ya. Que no espere a ver qué pasa en la Fiscalía. Si Chávarry cree que Vela y Pérez son un par de agentes con intereses ajenos a su función (como es obvio), que los destituya y ya, que no espere a ver qué pasa en la judicatura.

Mientras que exista alguien que todavía resista y le diga NO al poder que aspira a gobernar sin contrapesos, ese poder nefasto no prevalecerá. A Chávarry le ha tocado ese trago amargo. Pero tiene que actuar porque sino, simplemente le cortarán la cabeza. Literalmente.

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