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Opinión


25 Septiembre, 2017.

“Atrincherado”

Kenji Fujimori ha dejado claro que sus continuas performances no tienen otro objetivo que reclamar la cuota de poder que cree merecer dentro de Fuerza Popular.

Kenji Fujimori ha dejado claro, en la buena entrevista que le hace Anuska Buenaluque, que las continuas performances a las que ya nos ha acostumbrado no tienen otro objetivo que reclamar la cuota de poder que cree merecer dentro de Fuerza Popular. Este derecho se lo habría ganado por contribuir con ochocientas mil firmas a la organización del partido, por llevar la misma sangre en las venas que su hermana y, además, por ser el más tenaz propulsor del indulto de su padre.

Dejando de lado lugares comunes (“dos soles no pueden brillar en el mismo cielo”), habría que reflexionar sobre qué calidad de estadista ha adquirido el menor de los Fujimori a lo largo de esos trajines como para que su voz no solo sea oída sino que llegue a ser considerada dirigente dentro de la Bankada. Y es en ese nivel de análisis cuando emergen sus principales flaquezas.

A la pregunta de la periodista sobre su labor congresal, Kenji solo pudo mencionar dos proyectos de ley (por cierto, el referente al uso medicinal del cannabis es la tercera versión legislativa sobre este tema); que él y su colega Roberto Vieira ostentan el dudoso mérito de ser los congresistas con más inasistencias injustificadas al Pleno es por todos conocido; y, quizás lo más significativo políticamente: por más que el caviaraje haya cacareado que existen por lo menos veinte desleales de FP dispuestos a irse con él, en los momentos decisivos el menor de los Fujimori ha emitido el único voto contrario a los acuerdos de bancada.

Lo del aceite de marihuana apesta —nunca mejor dicho— a oportunismo; que Kenji falte al hemiciclo no necesariamente implica desidia pero sí que seguramente dedica ese tiempo a viajar por las provincias —es decir, a hacer proselitismo mientras cobra por legislar nada—; y en cuanto a los integrantes de la bancada que supuestamente lo apoyarían, ¿acaso es liderazgo tener la adhesión de los más impresentables y, peor aún, que a la hora de las votaciones todos ellos lo dejen solo?

No obstante, hay que reconocer que Kenji y sus asesores han hecho uso eficiente de todas las plataformas de comunicación a su alcance, propalando mensajes —tan básicos como el léxico del congresista— e imágenes que generan empatía en mucha gente, mientras los antifujimoristas los observaban felices con la ilusión de que ello significase la ansiada ruptura. Pero si nos atenemos a las declaraciones de quienes antes habían guardado cautela sobre la conducta del rebelde y, sobre todo, a los resultados del último sondeo de Ipsos, ese final —de haberlo— será muy distinto.

“Voy a atrincherarme”, ha dicho Kenji. Bueno. Ya sabemos cómo acaban los atrincherados cuando llegan a ser rodeados.


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