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Opinión


12 Mayo, 2018.

¡Arriba la Coca-Cola, abajo los impuestos!

¿Si el azúcar es mala por qué no prohíben el azúcar? ¿Si su exceso es el malo por qué no suben el impuesto a ese producto para que se desincentive todo lo hecho con azúcar? ¿Acaso un suspiro a la limeña tiene menos azúcar que un vaso de Coca-Cola?

Los “mejoradores” de la humanidad son los peores enemigos de la misma, decía Nietszche. Y así es. Ayer, so pretexto de “tutelar” la salud pública para que no haya gordos ni diabéticos, se ha aumentado los impuestos a las gaseosas, las cervezas –con y sin alcohol–, rones, vodkas, piscos, cigarros entre otros.

Como el consumo de estos productos es nocivo para la salud, hay que desincentivarlo. Así por ejemplo, si la cantidad de azúcar pasa ciertos límites los consumidores tendrán que pagar más por el producto para que, por su propia cuenta y riesgo, se tomen una Coca-Cola que los va a matar. Esta medida se “ampara”, según he leído, en un “estudio” de la universidad de Harvard y en la experiencia de otros países que con similares disposiciones han bajado la tasa de gordos y diabéticos y, por lo tanto, el impacto en el costo de la atención en el sistema de la salud pública y privada (¡como si en el Perú ese “sistema” existiera!).

Lo primero que habría que preguntarle al ministro del Economía es quién pagó el estudio de Harvard, porque para nadie es un secreto que estos “estudios” son hechos a la medida del cliente y de sus intereses. ¿ O ya se olvidaron de los estudios “académicos” de ciertas universidades que avalaban los supuestos grandes beneficios económicos y sociales de las obras faraónicas de Odebrecht y que la realidad demostró que no eran más que elefantes blancos? ¿Quién pagó esos estudios?

Pero el asunto de fondo es con qué derecho el Estado decide qué es lo que el público debe comer o beber con el cuento de que es malo o bueno para la salud. ¿Si el azúcar es nociva por qué no prohíben el azúcar? ¿Si es su exceso el que es malo por qué no suben el impuesto a ese producto para que se desincentive todo lo hecho con azúcar? Porque, vamos, una torta de chocolate, un suspiro a la limeña, un pie de limón tienen más azúcar que un vaso de Coca Cola, ¿verdad? ¿Y el pollo a la brasa no produce más obesos arterioscleoróticos que la Coca Cola? Si de lo que se trata es de proteger la salud, ¿por qué no lo gravan también?

Y si el tabaco y el alcohol también son malos para la salud según los estudios de la OMS, ¿por qué no los prohíben completamente como están prohibidos la cocaína, la marihuana, el éxtasis, la metanfetamina, la heroína y el LSD? ¿O es que una línea de cocaína, una chicharrita de marihuana o media pastillita de éxtasis sí son aceptables como un puchito de tabaco o una vasito de vino? ¿Cuál es la lógica o no hay ninguna?

¿Con qué derecho un grupo de legisladores pretende, por ejemplo, obligar a que en todos los restaurantes que proveen servicios al Estado se ofrezca una dieta “vegana” para los cuatro gatos que le gustan las lechugas? ¿En dónde estamos? ¿O sea que todo el negocio –que se funda en la oferta y la demanda– se tiene que adecuar para satisfacer una demanda ridícula, como cuando se hicieron las carreteras de Odebrecht para que hoy transiten dos burros y un perro calato? ¡Si los caviares quieren comer coles y rábanos en el comedor del Congreso que lo hagan a su costa y que traigan su lonchera!

La premisa que subyace al derecho de que el Estado elija por uno qué debemos comer y beber es elitista, autoritaria y antidemocrática. Se basa en la superchería de que el Estado “sabe más” que nosotros mismos los beneficios y los perjuicios de una dieta y, en realidad, de cualquier cosa. Y si el Estado en realidad sabe más, ¿entonces por qué funciona tan mal? Por último, ¿si quiere fungir de tutor por qué busca enajenar la libertad individual, en vez de mejorarla proveyendo una información adecuada?

La libertad (bien informada) es la mejor dieta para la salud pública. Y termino como empecé: ¡Arriba la Coca-Cola, abajo los impuestos!


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