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Opinión


8 Mayo, 2016.

Apra: ¡agua o muerte!

Si quiere volver a ser el Partido del Pueblo, debe ser el partido de los agricultores, de los trabajadores, de la tierra y del agua.

Renzo Ibáñez

| Columnista invitado

Víctor Raúl Haya de la Torre y Mariátegui tuvieron una feliz coincidencia respecto al “problema de la tierra”. En los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, a modo de pie de página, el gran José Carlos consigna que… “partimos (con Haya de la Torre) de los mismos puntos de vista, de manera que es forzoso que nuestras conclusiones sean también las mismas”. Era entonces urgente una reforma que emancipe económicamente al indio.

Luego, el 21 de julio de 1967, Haya de la Torre pronuncia un discurso en el que arremete contra los demogogos que importaban el grito de “tierra o muerte”. En su concepto, el problema del país no era sólo de reparto de tierras, sino principalmente de agua (elemental, una no funciona sin el otro), a ellos les responde: ¡Agua o muerte!

De esta forma visionaria, audaz y creativa, el jefe del aprismo encumbra a su partido a la vanguardia de la crítica social, política y económica. Sienta las bases de un problema que no contempló la reforma de Velasco y, por ende, no resolvió. Así, el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas repartió, acabó con los vestigios oligárquicos, pero no dio valor a la tierra. El campesino siguió pobre y nuevamente despojado. Quedó una reforma agraria inconclusa.

Pasados los años, el Perú rural se abre paso como puede, muchas veces a empellones para hacerse ver, escuchar y tomar en cuenta; sus reclamos no llegan al Perú oficial. Consecuentemente, hoy su principal idioma es el conflicto socio-ambiental.

Es, a mi entender, el principal actor de la política contemporánea, capaz de paralizar con su movilización inversiones en industrias extractivas, nutriente principal del país. No es ilógico que sean los más pobres quienes estén detrás de tantas protestas contra las mineras, por ejemplo, que dan tanta riqueza. Esta pasa por sus ojos, muchas veces por sus manos, pero no la sienten: los millones no llegan a ellos.

El problema no pasa por la necesaria presencia del Estado mediante inversión pública —propuestas como el canon comunal podrían ser un paliativo a sus necesidades básicas pero no es suficiente—. Pasa por superar la tremenda desconfianza que generan el Estado y las empresas, con quienes existe un diálogo de sordos, y esto a su vez pasa por generar certezas, reglas de juego claras y oportunidades de desarrollo sobre lo que sí les pertenece sin ninguna duda: su propiedad, su tierra, la que está íntimamente ligada a su labor cotidiana, el trabajo en el campo.

Nada reemplazará al fruto del esfuerzo, pero dignidad es una palabra ajena para muchos políticos.

Mientras no encontremos una solución al problema agrario del Perú, no cesarán los conflictos. La concentración de la tierra en manos de pocos, la poca productividad agraria, la nula relación entre el campo y los mercados internos y externos, los enormes daños en las fuentes hídricas, la falta de tecnología y créditos, son sólo algunos de los problemas que el Estado debe resolver.

Es necesario plantear los nuevos términos de nuestra independencia de cara al bicentenario bajo la lógica de una economía sostenible, de profundo respeto ambiental y de derecho a las comunidades indígenas que han sido postergadas en sus decisiones. Por ello resulta urgente un ordenamiento territorial que señale el camino del Perú en su desarrollo con sentido prospectivo; es urgente señalar las bases de nuestra seguridad hídrica y alimentaria.

Para eso necesitamos un nuevo compromiso o pacto social, que la relación del Estado con la gente se construya a partir de sus intereses, pues aunque hayamos tenido ciertos avances seguimos siendo un país primario exportador.

Con esa tilde se ha mostrado el Estado, y lo que necesitamos es dar un vuelco hacia la tecnología, la innovación, el desarrollo de talentos e inversión para efectos de una auténtica diversificación económica.

Comencé este artículo con citas de Víctor Raúl pues se cumplen 92 años de la fundación de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), un 7 de mayo en México. Hoy el aprismo atraviesa una de sus mayores crisis y le urge un proceso de reestructuración y renovación. Es necesario, entonces, discutir con el pasado y rescatar nuestras raíces volviendo a la izquierda democrática y popular que siempre representó.

Estoy convencido de que lo manifestado líneas arriba está en total consonancia con el pensamiento aprista, y también estoy convencido que el APRA debe volver representar los intereses populares de manera radical y sin complejos. Es preciso desempolvar las viejas banderas agraristas y volverlas a izar de cara al país de hoy.

Si queremos volver a ser el Partido del Pueblo debemos volver a ser el partido de los agricultores, de los campesinos, de los pueblos indígenas y demás grupos étnicos, de la tierra y del agua y por supuesto de la minería saludable e inclusiva. La gente sabe que somos demócratas y responsables por ello volverá a confiar en nosotros.

La agenda del APRA debe ser coherente y amplia: quedan más temas en el teclado pero creo que el agrario es el que debemos empezar a reacomodar como prioridad. ¡Debatamos!


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