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Opinión


18 Abril, 2018.

Ante el terror, nuestra memoria

¿Estamos preparados para manejar esta nueva responsabilidad, a la que el jurista César Nakazaki llama "postpena"? 

Martes 5 de mayo de 1987, 9 pm. En el trajinado Datsun, sortéabamos mi padre y yo la Javier Prado sumida en uno de esos apagones generales que la ‘generación pulpín’ nunca conoció (una locación propicia, por ejemplo, para The Walking Dead). Así de tétrico era el escenario que veía a través de la ventana: las calles desiertas a las 9 p.m. y, de fondo, la inquietante silueta del edificio del Banco Continental de República de Panamá troquelada en las tinieblas.

A mí, sin embargo, no me daba miedo la oscuridad y en ese momento tampoco me importaban los terroristas, porque lo único que ocupaba mi mente era conocer a mi nuevo hermanito.

No alcanzo a recordar con exactitud (tenía ocho años), pero creo que hasta había llorado para conseguir que me llevaran a la clínica a esas horas. Encerrado en el carro, confiaba ingenuamente en que el terror descrito en la radio y mostrado en la televisión —cadáveres cubiertos con periódicos o apiñados en camionetas, cuerpos ensangrentados, coches bomba, etc.— se mantendría afuera siempre y cuando no me despegara de mi padre, que manejaba en silencio y con expresión neutra.

Finalmente, llegamos sin contratiempos y pude abrazar por primera vez, con mucho cuidado, a G. Al año siguiente de esto Osmán Morote, sanguinario líder senderista, entró a prisión precisamente por esos crímenes que veíamos todos las noches en el noticiero.

Hoy, a punto de cumplir cuarenta años, entiendo que el silencio de mi papá era su manera de enfrentar al terror que nos rodeaba. En silencio lloró también cuando tuvimos que despedir a ese hijo y hermano que fuimos a ver en pleno apagón, fallecido hace poco en un accidente, antes de cumplir treinta. Y, aunque la etapa en que lo consideraba invencible ha quedado atrás, sigo admirando esa entereza de mi padre para hacer lo que debía de la mejor manera posible.

Entonces, frente a las reacciones escandalizadas por la reciente salida del terrorista Morote para cumplir prisión domiciliaria me pregunto: ¿en su momento, como sociedad, hicimos lo que debíamos para cerrar esa etapa de terror? El senderista ha cumplido la pena dispuesta por la justicia, es cierto; y que ha existido exceso de carcelería también es verdad. A pesar de todo, ¿treinta años de encierro compensan el enorme daño que nos hicieron criminales como este?

¿Estamos preparados para manejar esta nueva responsabilidad, a la que el jurista César Nakazaki llama “postpena”? ¿Y qué hay con lo afirmado por el procurador antiterrorismo, Milko Ruiz, sobre el derecho que tenemos a la seguridad?

Quizás la solución no sea guardar silencio como mi padre, pero sí afrontar el terror con su misma serenidad. Y ejercitar de manera constante –como nación– nuestra memoria, que nos retorna a los momentos felices pero también nos recuerda eso que no queremos volver a vivir.


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