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Opinión


3 Junio, 2018.

Amor entre espinas

El cardenal Barreto ha demostrado lo espinoso que puede llegar a ser el amor cristiano cuando se trata del cardenal Cipriani y el Congreso de la República.

Mientras que la diligente ama de llaves que administra su arzobispado en Huancayo llevaba los asuntos de la casa como todos los días, el flamante cardenal fue requerido telefónicamente por la prensa de Lima que, a la distancia, le sacó a su eminencia las primeras declaraciones como príncipe de la Iglesia. No pudieron ser más desafortunadas. Ese mismo día, el Congreso de la República le imponía a su par el cardenal Cipriani la Medalla de Honor del Congreso en grado de Gran Cruz. Demostrando que es humano y que la infalibilidad solo le corresponde al Papa, el cardenal Jorge Barreto no tuvo mejor idea que decir que el Parlamento estaba de espaldas a la realidad, para felicidad de los odiadores profesionales de Cipriani.

Tal vez dándose cuenta de que la elegancia y el púrpura al que acababa de acceder deben ir siempre de la mano, monseñor Barreto se esforzó en que sus palabras no fueran “malinterpretadas” con relación a la Gran Cruz impuesta al arzobispo de Lima, apurándose a decir : “¿Por qué los congresistas tienen ese privilegio de dictaminar sobre sus sueldos?”

Podría ser porque su eminencia el cardenal Barreto no es muy ducho en la sabiduría aquella de “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, que no se le puede exigir que entienda a cabalidad que –a diferencia del romano pontífice, soberano absoluto y luminoso de la Iglesia y el Estado Vaticano– en nuestra humilde república el soberano es el pueblo representado –a través de elecciones libres y sufragio universal– por su Parlamento. Esa es la razón, su eminencia, por la que los congresistas pueden dictaminar sobre sus propios sueldos tal como el vicario de Cristo en la tierra tiene el privilegio de dictaminar, con el solo chasquido de sus dedos, que usted se convierta en cardenal. 

También es en virtud del privilegio que le concede al Parlamento la soberanía popular, que este ha podido ratificar el concordato con la Santa Sede, del que –entre otras cosas maravillosas que consolidan los tradicionales e históricos lazos de nuestra república con la Iglesia y el Vaticano– emana su sueldo, pagado por el Estado como arzobispo de Huancayo.


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