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Opinión


2 Noviembre, 2018.

Amor a la peruana

La moral social en nuestro país tiene que ser homogénea: necesitamos un común denominador que no se limite a la Selección Peruana, una identidad más allá de la comida.

Cada vez que encuentro a un intolerante en la calle o vociferando en la cola de alguna entidad, me provoca preguntarle si paga puntualmente sus impuestos y merece que se le reconozcan todos los derechos que reclama como ciudadano. Si es que, en lugar de boicotear el sistema y generar desorden, promueve realmente que se respeten las reglas cuya estricta aplicación exige para mismo.

A mis conocidos –esos que salen presurosos a hacer obras de caridad, a organizar eventos benéficos y sendos reportajes para luego  publicitarlos– les preguntaría si no tienen a sus empleadas del hogar trabajando quince horas diarias; si los arquitectos de sus exclusivos edificios no diseñaron los dormitorios de servicio como diminutas cuevas, si recuerdan saludar a los porteros al salir (el apuro no es excusa) o, quizás, si el vigilante que cuida su casa y su sueño lo hace a la intemperie, en una silla de plástico desvencijada –cuanto más incómoda, mejor, para que no se duerma”– tomando taza de café tras taza de café con el peligro de gastritis y presión acelerada. ¡Me tildarían de socialista, orate o entrometida!

En nuestro país impera la ley de la prepotencia y del mínimo esfuerzo, pero lo más trágico es que a nadie le sorprende; al contrario, generalmente te tildan de tonto cuando haces las cosas sobre la base de lo justo y no de lo cómodo. Me temo que el ventajismo nunca pasará de moda en el Perú, porque es parte de nuestra esencia: está en nuestro ADN.

Los invito a revisar nuestra historia: encontraremos centenas de derrotas, traiciones y acomodos. Nunca, ni en sueños, hemos acuñado capítulos de orgullo de la talla de, por ejemplo, la participación de innumerables embarcaciones civiles británicas, de todos los tamaños, arriesgando heroicamente sus vidas para rescatar a sus soldados de Dunkerque. Dramático episodio que le dio un giro a la Segunda Guerra Mundial, reflejado en el emotivo discurso del “We shall never surrender de Winston Churchill.

¡El Perú está tan distante de aquella verdadera y desprendida solidaridad!

Por lo anterior, no creo en los homenajes, condecoraciones ni estrellitas en la frente. No confío en los personajes que hablan en difícil y se deshacen en halagos hacia el prójimo; tampoco en las premiaciones a los peruanos (incluye ambos géneros) supuestamente más altruistas y humanitarios. Se trata de actos absolutamente formales y vacíos para encumbrar el ego y la vanidad, y seguir creando brechas entre los que “supuestamente” dan y los que reciben.

La moral social en nuestro país tiene que ser homogénea: necesitamos un común denominador que no se limite a la Selección Peruana, una identidad más allá de la comida. Tenemos que pasar de ser un territorio que aglutina a 30 millones de personas, a una verdadera nación (no digo país).


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