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Opinión


19 Agosto, 2018.

Adiós: nadie extrañará a Unasur

La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), organismo utilizado como plataforma político-diplomática por los gobiernos de Hugo Chávez, Lula y Néstor Kirchner, se disuelve como consecuencia de su absoluta inoperancia.

Luis Gonzales Posada

| Columnista invitado

Unasur se desintegra en silencio, sin pena ni gloria, hundida en la opacidad, ante la indiferencia del hemisferio. El canciller de Chile, Roberto Ampuero, sostuvo –con razón– que esa entidad no conducía a nada, no ayudaba al proceso de integración y era incapaz de arreglar temas sustantivos de la región

“Es impresentable para los ciudadanos”, concluyó lapidariamente. Esas tajantes declaraciones del jefe de la diplomacia chilena fueron formuladas luego de que seis países (Perú, Chile, Argentina, Brasil, Colombia y Paraguay) anunciaran suspender su participación en Unasur. Ahora Colombia, bajo el gobierno de Iván Duque, ha dado un paso más definido, irrevocable, al comunicar su retiro de esa institución: un camino que con seguridad seguirán los demás Estados miembros.

Por su parte el presidente de Ecuador, Lenin Moreno, también ha marcado distancia con el organismo ordenando que desalojen su lujosa sede de 20 mil metros cuadrados –construida a un costo de 45 millones de dólares por el régimen de Rafael Correa– para disponer su uso por la universidad de lenguas indígenas. Y, como tras los cuernos vienen los palos –o a veces los garrotes– el parlamento ecuatoriano se ha sumado a la ofensiva exigiendo que desmonten del edificio la estatua de bronce del exmandatario argentino Néstor Kirchner, acusado de recibir sobornos.

Unasur inició sus actividades en 2008 con el propósito teórico de impulsar la integración, la democracia y el comercio entre sus miembros. Con un presupuesto anual de casi 11 millones de dólares (Perú aporta 780 mil dólares), el propósito real pero encubierto de sus patrocinadores era constituir una plataforma internacional para hacer frente a los tratados de libre comercio y a proyectos exitosos como la Alianza del Pacífico, para confrontar con Estados Unidos y blindar a la “revolución bolivariana”.

Esa fue una maniobra sibilina y desleal con países que decidieron participar en el sistema con buena disposición y transparencia, pero que en el camino fueron descubriendo que esa entidad estaba siendo empleada como escudo diplomático del chavismo.

Con ese propósito designaron secretario general al exmandatario argentino Néstor Kirchner, aliado del régimen de Caracas. Luego a Ali Rodríguez, exguerrillero comunista, ministro de Relaciones Exteriores, de Energía y Minas y embajador venezolano en Cuba. Y, finalmente, el cargo fue asumido por el exmandatario colombiano Ernesto Samper, personaje vinculado a Chávez y a Maduro, e impedido de ingresar a Norteamérica por acusaciones de recibir dinero del narcotráfico en la campaña electoral.

Desde el 31 de enero de 2017 Unasur está acéfala, sin secretario general. Ahora los países parte extenderán la partida de defunción diplomática. No habrán responsos ni avisos fúnebres; tampoco plañideras ni portátiles porque, en verdad, Unasur nunca existió: solo fue una ficción.


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