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A veces con la escoba y a veces con la espada

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A Martín Vizcarra, Martincito, lo van a zalamear como a virrey recién llegado. Restablezca el principio de autoridad, presidente.



Al mediodía del último domingo de 1933, un fogonazo siniestro nos dejó sin presidente. Ese mismo domingo, el Congreso le encargó la presidencia a Óscae Benavides hasta culminar el mandato: tres años y medio.

Es justamente el tiempo de mandato que deberá completar Martín Vizcarra conduciendo el destino de la nación. Felizmente. Porque alcanza para realizar todas las modificaciones constitucionales (tampoco son muchas) necesarias para tapar los vacíos legales por los que se filtra dinero de la corrupción en nuestro sistema electoral.

Vamos, Martincito. A veces con la escoba y a veces con la espada. Aproveche el susto de los grandazos para exigirles que se haga por fin una reforma electoral. Usted sabe cómo son los pecadores. Si se ponen sabroso,  pídales que tengan el valor de demostrar de qué lado de la línea están: que se limiten a aprobar una sola modificación.

¿Cuál? Una que permita el control de los aportes a los partidos y candidatos en tiempo real y no como ahora que se reducen a una monocorde rendición de cuentas que, encima de todo, se presenta a la ONPE ya después el proceso electoral, cuando toda el agua ya corrió bajo el puente.

Cuando leí que las primeras expresiones de Vizcarra indicaban que estaba muy molesto con lo que ocurría sentí una posibilidad de restablecer en el Perú el principio de autoridad. Es urgente. De capitán a paje. Y créame, presidente Vizcarra, si usted con su cumplidora modosidad provinciana apunta en ese sentido se lo agradeceremos.

El país está tan mal administrado que resulta urgente restablecer la seguridad y poner en marcha la cadena de la producción trabada por intereses mercantilistas, ahogada por lobbies locales que han comprado curules, atada por contratos del humalismo que ojalá no se le ocurra a usted destrabar porque han sido la madre de la corrupción.

Empecemos por romper esos vínculos con los negociados del humalismo. Haga un esfuerzo por no hablar más de destrabar y procure limpiar el aparato del Estado del agazapado remanente del humalismo. Aprendamos de la trapacería de las adendas.

Si recuerda bien, esas presiones de alto vuelo casi le cuestan a usted la vida política en Chinchero. Compromisos, chau. Sin muralla china. Sin muralla moqueguana.

Cuidado. Lo van a zalamear como a virrey recién llegado. Se habla mucho de un gabinete de ancha base. Eso no funciona, tiene aroma de reparto, invita a subordinar el criterio de eficiencia a fin de conformar cuotas. ¡Manan, manan, manan! Se lo digo en runa simi y no preciso traducción porque seguro se lo ha escuchado a su antecesor. Aunque mejor me aseguro: ¡No, no, no!

Lo que necesitamos es un gabinete en el que todos miren en la misma dirección. Eso no es lo mismo que ancha base. Buscamos un colectivo compuesto por personas capaces de sentarse en esa mesa sin andar representando otros intereses.

Procuremos respirar otro aire. Qué importa por un rato que en el Congreso se sigan intoxicando con jarabe de lengua. Unos dándose de látigos por la corrupción presente; otros evocando la de los noventas. Yo soy el puro, el corrupto eres tú.

Son lindos los de uno y otro bando. Hasta ahora no sé cómo miércoles han hecho para hacernos creer por tanto tiempo que eran diferentes…

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